No todo vale. León nunca fue una plaza exigente precisamente, pero lo vivido en la tarde de hoy es para hacérselo mirar. Insultos, cantes, un generoso presidente y un público bullanguero totalmente ajeno al rito de la tauromaquia más pendiente de lucir modelito y posturear en Instagram marcaron la tarde.
La palma se la llevó, sin duda, la inentendible decisión de que en sendas faenas de Morante se cantasen canciones flamencas sin importar lo más mínimo el ineteres de la faena. Por descontado quedan las dos vueltas al ruedo de dos toros que ni tuvieron casta, ni tuvieron bravura ni raza ni emoción ni movilidad. Por el simple hecho de seguir la muleta de aquella manera el presidente les concedió el pañuelo azul. El verde, por cierto, debió aparecer en varias ocasiones y solo lo hizo en el sexto, en el que la invalidez se manfestó muy temprano y de manera muy clamorosa.
Cabe mencionar, además, que en contadas ocasiones se escucharon insultos al presidente del Gobierno, politizando una vez más la fiesta del pueblo y limitándola a un sector de la sociedad. Así se hace mucha afición.
Más allá de eso, que es más serio de lo que parece, la explosividad del Fandi y la torería de Morante (que llegó en calesa a la plaza) se llevaron la tarde en la última corrida de toros de la feria taurina de León de 2025. Los tendidos presentaron una exquisita imagen, de las mejores de los últimos años gracias a la presencia de Morante de la Puebla.
Abrió plaza Morante, que estuvo en Morante en el recibo a su primero. Principal salió suelto de toriles y haciendo caso omiso a dos largas cambiadas con las que le recibió el cigarrero, que prosiguió con templadisimas chicuelinas toda vez que el toro había dicho lo que tenía que decir: era un inválido de salida al que solo le bastó un intrascendente puyazo para mostrar sus innumerables carencias. Sin embargo, lo peor estaba por venir: un cante a destiempo sin ton ni son para tapar las asperezas de una faena en la que el toro apenas se tenía en pie y contentar al respetable. Cómo sería que ni el duende de Morante consiguió encandilar a un público más pendiente del postureo que de lo fundamental. Estocada caída y oreja. Aplausos para el toro. Una guardería tiene más criterio.
Con extraordinaria codicia y metiendo la poca (pero «torera», como dicen ahora) cara que tenía salió el segundo, Principal, mismo nombre que su hermano primero. El arrebato y la exposividad de El Fandi levantaron por primera a los tendidos con una larga cambiada de hinojos y un ramillete de verónicas rodilla en suelo, que fueron antesala de unas gustosas chicuelinas galleando para llevar al burel a un tercio de varas de puro trámite y un quite por zapopinas. El idilio de León con el granadino era más latente que nunca. Ambos se conocen a la perfección. La gente, completamente fuera de sí, aclamó los estridentes pares de banderillas ante un flojo animalote que ya acusaba todo lo anterior. Pero eso no importaba: El Fandi había vuelto a poner boca abajo la plaza leonesa. Ya está tardando el ayuntamiento en hacerle hijo predilecto, pues a pocas personas quieren tanto los cazurros como a este torero. Bajaron las pulsaciones con la muleta: pasaba el toro, sí, pero sin nada que decir. Tuvo la suficiente movilidad para que el diestro le sacase multitud de series de largo recorrido, con considerable temple y escaso ajuste. Dos orejas y vuelta al ruedo al toro.
Cornicorto y anovillado fue Clandestino, animal insulso donde los haya desde que hizo acto de presencia. Parado en el capote, recibió un puyazo caído que no hizo más que distraerle y dotarle de más sosería, si es que era posible tenerla en mayor grado de la que ya poseía. Pases y más pases, a diestra y siniestra, le dio Cayetano, que no logró levantar una faena cuyo resultado era más que evidente desde el principio. A destacar la disposición del torero, que trató de exprimir al máximo a su pobre oponente con un trasteo limpio y conseguido a pesar de los tímidos derrotes del toro. Estocada contraria. Su tercero sufrió una cogida al clavarle la puntilla que le obligó a pasar por la enfermería. Silencio.
Detalles toreros
Impresentable y cubeto fue Despertadoro, que por supuesto no fue protestado pues el público solo estaba pendiente del triunfalismo. A este sí que pudo Morante recetarle verónicas sin perder apenas pasos, aunque los enganchones las deslucieron en demasía. Un lamentable tercio de varas dejó inválido al segundo de Morante de la Puebla, que tuvo como respuesta del público el canto al unísono de «Pedro Sánchez, hijo de puta». A los tendidos les señalaban la luna y miraban el dedo. La predisposición de Morante fue capital desde el primer momento: comenzó sentado en el estribo y dejó detalles torerisimos de los que el público no se percató. Para variar. De nuevo con otro cante a cargo de Duquende, esta vez sí pudo el sevillano dejar algunos muletazos con la diestra y al natural de importante factura. Siempre templado, ajustado y rematándolos atrás. No corrigió el astado ninguno de sus defectos, motivo por el que la faena no alcanzó cotas más altas de las alcanzadas por la personalidad y la calidad del maestro, que llevaba la taleguilla manchada entera de sangre. En las postrimerías dejó unas curiosas chicuelinas con la muleta que ya había realizado con anterioridad en Salamanca. Duende, embrujo y torería. Pinchó, erró tras entrar a matar recibiendo y le clavó un bajonazo delantero. Oreja sin petición mayoritaria a una torerísima faena.
El quinto, de nombre Escondido, era cornicorto y ni las verónicas de rodillas de El Fandi le brindaron emoción al asunto, hasta que se echó el capote a las espaldas para realizar otro galleo llevando al toro al tercio de varas. Un detalle: tanto en éste como en el resto de toros, nada más el picador enterraba la pica en el toro el público pitaba. Dios sabrá por qué. Un quite por tafalleras y varios pares de banderillas (algunos a toro pasado) despertaron de nuevo a la plaza. Tuvo la consideración de realizar uno de los gestos que León no tuvo a bien: reconocer a Morante (no hubiera estado de más una ovación al finalizar el paseíllo por todo lo que viene haciendo). Le brindó el toro para a continuación iniciar un templadisimo y meritorio trasteo, abusando quizá de sacárselo para afuera y el nulo ajuste. Se lo sacó un poco más allá de la segunda raya, le dio distancias y optó por un final de faena tremendista.
La gota que colmó el vaso
El sexto bis parecía un eral y fue la gota que colmó el vaso. Anovillado como ningún otro, los cuartos traseros carecían de remate y por delante poseía cero presencia. Los tendidos se fueron encendiendo a medida que el torito fue saludando con mimo y cero bravura a cada tendido de la plaza. Desde el principio mostró cierta tendencia a tablas y mansedumbre a veces, todo ello ante la pasividad de Cayetano, completamente desentendido de su lidia. Con un asombroso arrebato comenzó la faena de muleta, de hinojos y templando las embestidas de Estero. Sin embargo, se tornó en algo venido a menos: el toro no transmitía y el torero abusó del pico. Estocada trasera y tendida.
