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Poblados que nacieron porque en algún sitio hay que meter a los obreros

Poblados que nacieron porque en algún sitio hay que meter a los obreros

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Fulgencio Fernández | 15/02/2020 A A
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Poblados que nacieron porque en algún sitio hay que meter a los obreros
Patrimonio Los poblados mineros nacieron como respuesta a la necesidad de alojar a los mineros en el esplendor de la minería, a mediados del siglo XX, en lugares como el valle de Sabero o el poblado de Diego Pérez en Fabero
Poblados mineros, barrios mineros, viviendas mineras, las colominas, cuarteles mineros... son formas diversas de la misma realidad, la necesidad de dar respuesta a la llegada masiva de mineros a comarcas en las que no había capacidad para alojarlos. Sobre ello va a realizar varios seminarios el Museo de la Minería de Sabero (MSM) y este sábado (a las 12 horas, con entrada libre) tiene la primera cita; en ella, Carlos García hablará de las viviendas de Hulleras de Sabero y Soraya Navarro de ‘El poblado Diego Pérez en Fabero’.

El denominador común de la exposición de Carlos García —ex minero y gran estudioso de la minería en el Valle— y Navarro —técnico de turismo de Ayuntamiento de Fabero y faberense— es que nacieron por las mismas causas. «La explosión demográfica a causa de la llegada de mano de obra para las minas», y recuerda cómo «Fabero en los años 30, en el inicio de la minería, no llegaba a los mil habitantes y en 1955, cuando se hizo el poblado minero, superaban los ocho mil, sin ninguna capacidad para absorverlos en una comarca agrícola y ganadera, pese a que en las casas particulares hubo lo que se llamaban los posaderos, que no eran otra cosa que vecinos que alquilaban habitaciones libres en sus hogares».

Una situación muy similar es la que recuerda Carlos García en su valle de Sabero, e incluso lo ilustra con una anécdota personal. «Encontrar dónde vivir resultaba complicado. Mis padres vivieron en una hornera alquilada de apenas 12 metros cuadrados y allí nació mi hermano mayor. Era una situación habitual»que se fue combatiendo, por ejemplo en Olleros, «cuando el Ministerio de la Vivienda y la propia empresa construyeron 300 viviendas en cuarteles, de dos alturas, con corredores colectivos y cerca de los pozos extractivos, para ofrecer mejor respuesta a cualquier situación».

Las viviendas fueron «creciendo» por todo el valle de Sabero, «solo Alejico no tiene construcciones mineras». Recuerda García que «normalmente las viviendas de los obreros eran de cuarteles, en las que estaban bastante hacinados; mientras que las de los técnicos, ingenieros, etc, eran de más calidad», como aún puede comprobarse en Sabero en las casas de la barriada de la Calle de Atrás y Venancio Echevarría dedicadas a técnicos, que son viviendas unifamiliares; o los dos ‘caserones vascos’, de dos plantas, realmente señoriales». Habría que recordar que buena parte del capital de la empresa era vasco, de ahí el nombre.

En todos los pueblos del valle se fueron construyendo viviendas para los trabajadores que llegaban al Valle, incluso en el lavadero de Vegamediana. «Había 16 viviendas y el llamado Barracón de los Gallegos, con literas; también algunas casas de técnicos». Este nombre de los gallegos recuerda la llegada a la comarca de trabajadores de los puntos más diversos del país e, incluso, «los primeros extranjeros, muchos de ellos de Pakistán o Cabo Verde». También era singular la llamada «residencia de los solteros, en Sotillos, también construida por la empresa y atendida por mujeres contratadas que les lavaban la ropa, preparaban la comida... estaban en régimen de pensión completa y cuando ya traían a la familia pasaban a vivir en las llamadas Colominas».

Muchas de estas viviendas aún siguen en pie pues, recuerda Carlos García, «con el cierre de las minas se les ofreció a quienes vivían en ellas la posibilidad de comprarlas y así lo hicieron la mayoría; algunas las han arreglado y otras están más abandonadas por la despoblación».

Una situación similar se vivió en el poblado de Diego Pérez, en Fabero, donde también se les ofreció la posibilidad de comprarlas con la petición de Antracitas de «cuidarlas». Recuerda Soraya Navarro que aquella construcción «fue algo fuera de lo común desde el punto de vista arquitectónico, el no va más. Eran 250 viviendas unifamiliares, de una sola planta, con un espacio central ajardinado y un jardinero para atenderlo. Eran casas de dos, tres y cuatro habitaciones y una tipología muy característica; había además una escuela y una zona de recreo. Los niños de Fabero subíamos anonadados al poblado, especialmente los domingos, que había música».

Aquellas casas estaban destinadas casi todas a la emigración pues los de Fabero tenían casa. «Llegaron extremeños, andaluces y muchos gallegos y a ellos estaban destinadas aquellas viviendas; no eran obreros cualificados pero de un lado había un cierto paternalismo empresarial y también porque comprendieron que un minero cuidado era mucho más útil y, sobre todo, no se marchaban al poco tiempo de llegar» pues, explica Navarro, «en las casas de Fabero aún no había agua corriente y ellos sí la tenían, lo que era un lujo tremendo para aquellos tiempos».

Este poblado está ahora a la espera de ser declarado BIC dentro del complejo minero de la localidad de Fabero, con la esperanza de que este reconocimiento sea el primer paso para su recuperación con todo el valor que en tiempos tuvo y todo lo que significó en la comarca.
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