Un artículo del novelista Richard Powers publicado en ‘The New York Times’ en 2007 explicaba cómo había elaborado su obra más reciente a partir del lenguaje oral. Para sus artículos o sus libros, Powers dictaba (y seguirá dictando, supongo, porque hace siete años ganó el Pulitzer) un texto que quedaba recogido en una tableta, lo corregía sobre la marcha y posteriormente lo revisaba. Powers contaba que lo suyo no era una cosa insólita, puesto que algunos de los grandes autores de la literatura (Dostoyevski, Dickens, Joyce, Borges) habían recurrido al dictado como forma de registrar sus obras. E igualmente explicaba cómo la diferencia entre el lenguaje oral y el escrito condiciona nuestra manera de producir y recibir información, ya sea ésta de tipo periodístico o artístico.
Resulta interesante ver cómo esto se está aplicando en el negocio de la inteligencia artificial. El sector de las aplicaciones conversacionales y las interfaces de dictado a máquina está creciendo a gran velocidad y atrayendo inversiones multimillonarias. Y resulta interesante no tanto por sus aplicaciones prácticas —por ejemplo, un técnico que tenga que realizar una reparación con las manos ocupadas podrá recurrir mediante comandos de voz al gigantesco archivo que proporciona la red— como por sus consecuencias en nuestra manera de relacionarnos con el mundo. El texto escrito tiene una dimensión reflexiva que difiere muchísimo del flujo del pensamiento oral.
La diferencia va mucho más allá de quien prefiere enviar un WhatsApp de texto o de audio. Hagan ustedes la prueba: si desean escribir con la cabeza mientras van hablando, la estructura del lenguaje pasa por alto algunos conceptos, ideas o automatismos del texto escrito y transita por otras zonas que el discurrir del lápiz sobre el papel o el martilleo en un teclado no alcanzan.
Hay quien dice que la IA está contaminando nuestra forma de comunicarnos con sus estructuras lógicas y los tics que todavía tienen estas máquinas. Del mismo modo, si la inteligencia artificial establece con nosotros una conversación, eso cambiará nuestra manera de ver el mundo. Los libros, hasta ahora fundamentales para entender a la humanidad, podrían dejar de desempeñar ese papel.
Yo he intentado hacer la prueba con este texto, dictándolo, y el resultado, como bien podrán ustedes comprobar, tiene algo extraño y bastardo que no sé describir. Un «valle inquietante» que cada vez tendremos que explorar más y en el que debemos aprender a sobrevivir.
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