Llego tarde, como siempre, a esta columna y a todo. Atrapado en el coche en Villafranca del Bierzo, entre calles cortadas por las procesiones de Semana Santa, cuellos de botella que obligan a tomar desvíos de una decena de kilómetros, atajos en dirección prohibida, consultas a los cuerpos y fuerzas de seguridad locales, gritos y desesperación. Blasfemias, incluso, después del sobrecogimiento del día anterior en la procesión de Viernes Santo (cuestas, papones descalzos, niñas agarradas del manto de la Orden de Santiago de su Padre, la gaita rompiendo la madrugada). Con el Cultural-Valladolid en la radio, escupiendo nuevas sartas de juramentos contra el pozo ése del Pisuerga y su equipo de fútbol.
Minuto 80. Seguro que palmamos otra vez. Como aquella vez que fuimos hasta Leganés (vistas preciosas de la sierra madrileña nevada, ambiente festivo, el sol en la cara tras demasiados días sin verlo) y estuvimos más de una hora 0-1 para que luego nos empataran en el minuto 88, y gracias. Pero no, hay algo que me dice que hay que creer. Minuto 84. No son sólo -ya se ha dicho demasiadas veces- los tres puntos para intentar escapar del más que probable descenso, sino también arrebatárselos a tan risible rival. No haremos chistes sobre su ex propietario y sobre aquella vez que fue seducido -según él, con malas artes y engaños- por unos travestis. Tampoco pitaremos al paso de ese ídem, que a pesar de parecer un coche teledirigido (las ruedas son siempre inquietantes para aquellos a los que nos han salido los dientes entre pasos pujados al hombro) tiene una belleza sencilla, acaso ya perdida para siempre entre los refinamientos y la ‘industrialización’ semanasantera de la capital provincial.
Minuto 89. Pita ya, colegiado de (signos de palabrotas de los tebeos de Mortadelo y Filemón). Una alegría quiero. Como canta Barry B (al que, por cierto, tendremos en unas semanas por aquí, junto a Alcalá Norte y Sanguijuelas del Guadiana), “Yo nunca he creído en Dios./ Ahora estoy arrodillado/ preguntándole si vamos a ganar a estos de la camiseta a rayas violetas”. Cuatro minutos de tiempo extra. El señor agente local me dice que no, que no puedo ir donde deseaba, que voy a tener que dejar mi bólido aparcado en cualquier lugar e ir pujando (oh, qué bella coincidencia) con mi equipaje hasta el destino.
Mis compañeros de cierre de Opinión estarán, una vez más, acordándose de mis ancestros. Pero yo sigo aquí, esperándote, oh final del partido y que tu dulce boca ruede por mi piel. Pitó. Y la procesión terminó. Milagro. Demos, pues, gracias al Señor.