Hay, o hubo, artistas, intelectuales, escritores o dramaturgos que gozaron de gran éxito en sus ámbitos. Muchos, por haber sido progres en la Transición, o por cualquier otra cosa. También hemos visto desaparecer demasiados, con menos suerte o apoyos, que no han superado el paso del tiempo. Pero los gustos cambian y los que leen van por otros derroteros.
Hace días me puse a recomponer mis libros, que estaban bastante descolocados y encontré un librillo de Maruja Torres que había comprado para mi madre y le hizo gracia: ¡Oh, es él! -se titulaba. “Él” era Julio Iglesias; pero ya, ni Julio es Julio ni Maruja es Maruja.
Sin salir de Barcelona, otro prolífico autor que nadaba entre la progresía y el PSUC (comunistas de allá) con la voluntad de encajar en Cataluña. Me refiero a Manuel Vázquez Montalbán que escribió de todo; desde Yo maté a Kennedy, a los célebres libros policíacos del detective Pepe Carvalho.
El domingo, paseando por el rastro de Papa la guinda, he comprado un viejo y manoseado ejemplar de El Coyote, de Marcial Lafuente Estefanía. Un escritor sorprendente e ignorado por la intelectualidad, a pesar de ser de los más leídos en España e Hispanoamérica.
Como otros autores reconocidos, nunca Marcial pisó el desierto de Sonora. Tampoco Salgari navegó por el mar de la Sonda, con Sandokán. Ni el visionario Julio Verne, desde su despacho de Nantes, descendió al Centro de la Tierra, ni subió a la Luna, pero lo imaginó.
Otro escritor olvidado, que fue un auténtico bum, fue Martín Vigil. Entre sus numerosas obras, destacó La Vida Sale al Encuentro (para adolescentes) que narra el devenir de dos amigos, cuyas vidas divergentes, llevaron a uno a dirigir una prisión, mientras el otro pasa su vida entre rejas. Otro libro: Algo huele a Podrido, muy apropiado actualmente.
A menudo la ficción es más interesante que la realidad pensante y la vida que nos complican los políticos de la UE y los mamelucos de aquí, con más ideología que cultura.
Aparte, es imprescindible leer, cuando el lenguaje se prostituye con los móviles y demás tecnologías que escriben por ti, manipulan o corrigen tus palabras. La cosa es pensar por uno mismo, ampliar el vocabulario, la correcta escritura y hacer posible la comunicación. Incluso el peor libro, es mejor que cualquier mensaje de texto o IA.
Una vez limpios de polvo y acabada la ordenación de mi biblioteca, retiré el Oh, es él de Maruja y en su lugar, El Ángel Justiciero, para huir de esta España dislocada, tan raudo como los “malos” de Marcial.