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La vida entre rotondas

Periodista
21/06/2026
 Actualizado a 21/06/2026
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«¿Pero cómo no me llamaste a mí antes?». En la pregunta va una respuesta. Explica que por aquí el adjetivo sea radicalmente posesivo, nuestra pasión por las privatizaciones y esta querencia a convertirlo todo en un cortijo. Da igual que se inaugure una exposición, se presente un libro, se organice una mesa redonda o se impulse una iniciativa ciudadana, porque siempre aparece alguien molesto diciéndote que estás pisando por lo sembrado, que considera suyo el asunto, que ese tema le pertenece o que nadie debería atreverse a abrir el pico sin contar antes con su beneplácito. Los sabios a los que sí hay que atender suelen ser más discretos, te dejan que te estrelles con tu ignorancia si decides pasar de ellos y miran para otro lado cuando haces el ridículo, pero los ofendidos por no haber sido consultados a tiempo son los mismos que te hubieran puesto mil pegas y te hubieran perdonado la vida si les hubieras concedido su minuto de gloria. 

Algunos se vienen tan arriba que ya no sólo consideran que les tienes que llamar antes de escribir sobre cuencos fenicios u opinar sobre la venta de pisos, este tiempo entre burbujas, sino que pueden creer que les pertenece lo mismo una década que un siglo si se calientan, un pueblo o una comarca entera vallada con el pastor eléctrico de la propiedad moral. La teoría se aplica a todo menos a Urraca I y a Gaudí, dos personajes tan históricos como dudosos de los que puede hablar o escribir cualquiera para incrementar la turra y acabar consiguiendo que les cojan manía todos los adorables niños de esta adorable provincia. 

Donde más ha sonado esta semana lo de «¿pero cómo no me has llamado a mí antes?» ha sido en SanAndrés del Rabanedo. Se abrió un puente que llevaba cinco años hecho y cerrado y que, como todo en esta vida, discurre entre dos rotondas. A los vecinos les dijeron lo mismo que cuando lo dejaron abandonado: que no hicieran muchas preguntas y pusieran cara de estar asistiendo a un milagro. Ni por qué antes no, ni por qué ahora sí. Circulen. En una fugaz pausa de hidratación, los ociosos dejaron de opinar de fútbol y de joyas para analizar las claves de la seguridad vial en rotondas, problema y solución, esas otras redes sociales también convertidas en trincheras. El error era básico: a estas alturas ya cualquiera sabe que, si quieres opinar del tema, no tienes que consultar a un experto en tráfico, sino en arte contemporáneo. 

La combinación de los implicados en el asunto es verdaderamente explosiva, toda una sucesión de «¿cómo no me has llamado a mí antes?». Opina menos gente para atravesar el Estrecho de Ormuz que para cruzar un puente en el barrio de Pinilla. La oposición en bloque lamenta que lo abran tanto como antes lamentaba que estuviera cerrado. No a todo. No y mil veces no. Una enmienda a la totalidad de sí mismos... y eso que son unos cuantos. El mal del alfoz ha convertido todos los ayuntamientos que rodean las ciudades, da igual grandes que pequeñas, da igual del Norte que del Sur, en una competición de cortijos a menudo más casposa que la Feria de Abril, chiringuitos dentro de los grandes partidos y partidos pequeños que directamente son chiriguitos. Por si todo ello fuera poco, de este enredo forman parte los que se pueden considerar como los dos mayores agujeros negros de la administración española, Adif y la Confederación Hidrográfica del Duero, siempre turbios, abstractos y gansterígenos. Desesperan porque a estos sí que hay que consultarles todo antes y responden con criterio testitular. Para los ciudadanos pueden parecer un problema, pero para los políticos son un recurso, un gran contenedor de culpas, como el interventor de la Diputacióno la Junta de Castilla y León. Le echas las culpas a la CHD y parece que se diluyen la atmósfera o se marchan río abajo. Dices que es cosa de Adif y suele haber alguien que responde «otra vez». Das los buenos días al atravesar la puerta la Diputación y te dicen que eso será si quiere el interventor. Y vayas por donde vayas de esta provincia puedes decir que menuda panda de iluminados los de la Junta de Castilla y León, que siempre igual, que todo para Valladolid, y es posible que alguien te invite a un vino aunque no sepa bien de lo que estás hablando.

Con el parte mensual de sus amistades y enemistades, que van y vuelven como en los culebrones, nuestro próximo reclamo será que nos avisen un poco antes para saber a quién le tenemos que dar las gracias por milagros así, ya que las culpas parece que no se las vamos a poder echar a nadie. En su pecado llevan su penitencia, que asumen con resignación porque, al fin y al cabo, lo que más les importa no es que los coches circulen por el dichoso puente, sino que sus rivales no se beneficien de algo así. Lo que no se les puede negar es que ellos sí que preguntaron antes y hubo que votarles para que ahora decidan cómo se nos va pasando la vida entre rotondas.

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