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Vida en aquellos veranos

Jubilado
23/06/2026
 Actualizado a 23/06/2026
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Titulaba en el artículo anterior de esta manera: ‘Días de calor y refrescos’, en relación con los de los días de calor que estamos padeciendo porque esto no es calor, sino padecimiento como consecuencia del cambio climático, digo yo, que en estos años se atribuye a cualquier situación que altere nuestra manera de vivir.

«Lo que pasa es que vosotros tenéis pueblo», nos decía un chico recién llegado de Madrid debido a que su padre había sido destinado a León, sin arraigo alguno en esta provincia. El verano, liberado ya de ir al colegio, aunque te hubiera quedado alguna asignatura para septiembre, era la estación de escape, después del sufrido curso y, donde la mayoría de los chicos y chicas teníamos pueblos en los cuales vivían nuestros tíos y abuelos el resto del año, lo que nos permitía llevar al máximo «el famoso libre albedrío» que, aunque no sabíamos muy bien lo que significaba esa expresión, la apurábamos hasta la puesta de sol casi sin peligro alguno, aunque el riesgo siempre andaba rondando por la mente de los chavales ociosos.

Los pueblos de mis padres, sin luz eléctrica ni agua corriente, en aquellos años, cuando la vida se solucionaba a base de calderos de agua traídos de la fuente comunal, de una calidad y temperatura envidiable, así como con carburos y candiles para dar luz.

El verano, en la actualidad, supone el lugar de encuentro entre las diferentes generaciones que todavía subsisten. A mi hay algo que me llamó la atención en las veces que, con mi hermano Luis y el resto de familia que llegan de sus lugares de origen, nos juntamos una vez al año en verano, es el ver como, a pesar de que casi durante el año las casas se encuentran deshabitadas, en la actualidad permanecen en un estado y mantenimiento envidiable. Es verdad que ya no nieva como nevaba antiguamente y que las comodidades con las que hoy día se cuentan en nada se parecen a las que en aquellos tiempos existían. En estos encuentros es donde se percibe el arraigo y el cariño por las tierras de nuestros ancestros, y se pone de manifiesto en las largas charlas, sin límite de tiempo que, año tras año, se sacan del baúl de los recuerdos, a pesar de que cada vez las presencias vayan mermando por ley de vida que, al mismo tiempo, mientras todavía, a modo se sobremesa, y bajo los auspicios de mi primo y gran barítono lírico, Juanjo Natal, se canta la conocida tonada que dice así: «Viva la montaña viva, viva el pueblo montañés, que si la montaña muere España perdida es». Y es que, a pesar de la despoblación latente, hay mucha gente que se niega a abandonar el lugar de sus orígenes: por algo será…

Mis recuerdos a Cerulleda y Redipuertas…, así como a nuestros padres por habernos dado la vida.

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