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Viaipí, viaipí

07/06/2026
 Actualizado a 07/06/2026
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Se hunden estos días los medios de comunicación en noticias sobre la ‘chocita’ de un conocido cantante de reguetón. Se trata de una estructura ubicada en medio de sus conciertos en un gran estadio de fútbol, que reproduce la arquitectura semitradicional de Puerto Rico, isla de la cual es oriundo el citado sujeto. En un momento de la actuación, éste se acerca allá e interpreta algunos temas, bien bailando sobre el tejado o bien desde el zaguán. Allí el público descubre que la construcción está poblada por famosuchos de diverso pelaje, mujeres en su gran mayoría.

Resulta que esa parte de la actuación ha sido objeto de polémicas exegéticas. Al parecer, el reguetón del cantante era algo más que una sucesión de versos cochinos y ritmos simples: representaba un camino de luz en estos tiempos de oscuridad. Hablaba de la integración de las minorías, tal y como se repitió de manera machacona hace unos meses, con motivo de su actuación en el denominado ‘Super Tazón’ del fútbol americano. Todo parecía bonito entonces: en el mismísimo corazón del imperio, ante miles –qué digo: millones– de seguramente racistas ‘rednecks’ blancos, aquel individuo se atrevió a ensalzar su cultura, cristalizada en un hecho: en las bodas de su tierra, los niños, oh milagro, se echan una siestina tumbados entre dos o tres sillas juntas. Una práctica cuya originalidad levantará otros tantos de miles –qué vuelvo a decir: millardos– de cejas por estas latitudes y que se ensalzó como un hallazgo al mismo nivel que la democracia ateniense, el esmalte japonés o la cumbia colombiana.

Todo era estupendo en aquella chocita hasta que empezaron los ‘debates’. Por ejemplo, si el cantante ha sido designado como icono global de la inclusión, ¿cómo es posible que prácticamente sólo tuviesen acceso a ella la élite? Del mismo modo, también se ha dado vueltas a que en las primeras filas del zaguán, las visibles en las pantallas y, por tanto, en las redes sociales, bailasen exclusivamente chicas con cuerpos ‘normativos’ y estándares de belleza al uso. Y, por último, se ha llamado la atención sobre la presencia allí de un futbolista marroquí que se encuentra a la espera de juicio por violación.

Las respuestas ofrecidas por la ‘intelligentsia’ de aquí han sido bastante risas. Hay personas cuyo discurso se basa en la destrucción de quien no piensa como ellas que han echado mano de las «contradicciones» que todos tenemos. Hay activistas del feminismo que han dicho que necesitan «desconectar» un par de horas de su propio rigorismo para perrear a gusto. Y hay quien, reproduciendo unos versos de una de las canciones del tipo, se ha limitado a repetir: «Viaipí, viaipí».

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