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Vente, José Luis

Periodista
24/05/2026
 Actualizado a 24/05/2026
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La última vez que lo vi iba corriendo y vestía mallas negras. De alguna manera ya había empezado a perder la dignidad: creo que lo hacía de forma voluntaria. Creo también que iba por la orilla del río, pero la verdad es que José Luis Rodríguez Zapatero podría recorrer esta provincia entera admirando su propia obra, contando batallitas de este cuartel o aquel aeropuerto, la otra carretera y la estación de más allá, y sin encontrar, en cambio, una sola plaza, calle, instituto, fundación o polideportivo con su nombre. Por aquí las gracias también son rancias. Con idéntico comentario  y dudoso desparpajo se resuelve la noticia de esta semana y la de hace 30 años, cuando se postulaba para liderar el PSOE. «¡Si a éste le conocí yo y era medio bobo!». 

Corriendo por el paseo de sus propias promesas, en concreto por la acera de las incumplidas, Zapatero podría haber pasado por la Ciudad del Mayor, uno de los proyectos que se quedó por el camino y no por su culpa, sino por la de algunos de los que ahora más le señalan. Surge otro inesperado colegueo: «de imputado a imputado». La Ciudad del Mayor pretendía estudiar las nuevas formas del envejecimiento, así que, con muy buen criterio, se decidió instalar en León por el mismo motivo que el cambio climático se estudia mejor en los polos. Aquí tenemos un amplio surtido de jubilados, uno por cada paso de cebra, tenemos jubilados admirables y jubilados abominables, prejubilados, jubilados activos, pasivos, parciales, jubilados de actitud, carácter de jubilados, jubilados que madrugan más ahora que cuando trabajaban, jubilados del carbón edición premium, jubilados a los que sus familias les acabarán pidiendo que por favor vuelvan a trabajar como en su día les pidieron que volvieran a fumar. Paraíso de cofrades, parque temático de las despedidas de soltero y ‘senior friendly’: ven a Marina D’Or, Ciudad de Jubilaciones. Vente, José Luis. 

Aquí uno puede jubilarse de muchas maneras. Puedes hacerte del Imserso o del senderismo, tener un huerto en la Candamia o un torno en la cochera, puedes dedicarte a caminar por el monte, a jugar la partida, a discutir sobre obras públicas o sobre los mataos de la Cultural, a escribir novelas eróticas sin resultar un viejo verde, a encontrar la mejor tapa en relación cantidad-precio de la ciudad o a intentar descifrar un grupo de WhatsApp como quien contempla un jeroglífico egipcio y concluir: «Yo no he tocado nada». Tenemos una de las peores tasas de actividad del país porque trabaja menos de la mitad de la población, así que de envejecer sabemos bastante. El punto de partida es que uno se puede jubilar de muy distintas maneras y al mismo tiempo conservar la dignidad, pero supongo que no es fácil pasar a llamarte de golpe José Luis. 

Antes de empezar a correr en mallas, le avalaba su incontestable legado (mejor para el país que para su propio partido, como bien sabemos por aquí), pero la de expresidente del Gobierno parece una enfermedad degenerativa. La incontinencia verbal es uno de los primeros síntomas. El poder debe de parecerse a la heroína política o al fentanilo institucional... y no es por hablar de narcotraficantes. Al parecer, cuando te sientes perejil, quieres estar en todos los guisos. Ninguno contempla la posibilidad de que la mejor herencia pueda ser el silencio. Retirarse a tiempo. Irse a pescar. Hacer maquetas de trenes. Aprender carpintería, inglés, cocina japonesa. Buscar setas. A tus zapatos, con perdón. Cualquier cosa menos practicar otras aficiones que, legales o no, atacan esos mismos valores con los que durante años tapó la boca a los que ahora despiezan su cadáver. Aunque solo fuera por evitar la posibilidad de la venganza. Por evitar que los mismos que en su día le acusaron de haber dinamitado la convivencia les pidan explicaciones ahora a sus compañeros de trabajo o a sus cuñados en las comidas familiares, como quien presume de un resultado de fútbol. «¿Y tu amigo Zapatero, qué?»

Quizá por eso León, aunque no terminaran la Ciudad del Mayor, tenga tanto que aportar en esta materia tan compleja. Aquí, gracias a nuestro inmenso catálogo de jubilados, hemos entendido algo que muchos de nuestros políticos, desde los expresidentes de Gobierno a los alcaldes pedáneos, no son capaces de comprender: igual que hay una edad temprana en la que no quieres recibir órdenes nadie, hay otra edad, cuanto más temprana mejor, en la que uno debería aprender a disfrutar de no darle órdenes a nadie. Lo dijo, una vez más, el gran Fernando Fernán Gómez: «Yo no soy una persona de esas que dicen que tienen que estar haciendo siempre algo, que necesitan sentirse realizadas.Yo estoy muy capacitado para no hacer nada». Pero no todo el mundo vale, José Luis. 

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