Me enteré de que habían echado al director de El Mundo y acto seguido me puse a actualizar mi currículum. Luego me di cuenta, como siempre demasiado tarde, de que sólo había acertado en lo de David. Volví al teclado y supe entonces que ése era mi primer error: los directores nunca escriben. Alguien definió un periódico como un lugar en el que nadie sabe de nada pero todos escriben de todo y que está dirigido por un tipo que sabe de todo pero no escribe de nada. Yo estoy juntando estas letras, así que con eso creo que ya lo digo todo. Ante la desazón, puse en Google «cómo ser director de un periódico de provincias durante unas elecciones municipales» y el relojito de arena sigue aún dando vueltas. Escribir sin conocer el tema es verdaderamente complicado, un atrevimiento que resulta inevitable en esta profesión, pero demasiado a menudo es mejor así porque, cuanto más sabes, más te repugnan los sujetos, los verbos y los complementos de tus frases. Hay columnistas que reconocen perder un amigo por cada uno de sus artículos y a mí, a estas alturas del blanco, me quedan más líneas que amigos. Así que vamos a llevarnos a bien. Es relativamente habitual que cuando publicas alguna noticia que evidencia la torpeza o la avaricia de un político recibas una llamada para recriminártelo, en un tono así como si en lugar del autor del texto fueras tú el autor del delito. Como es relativamente habitual, lo tienes asumido, como las palmadas y las puñaladas en la espalda procedentes de los mismos. Por eso, escuece más cuando el protagonista de tu noticia es un ejemplar entrenador de atletismo leonés que ha sido detenido en una operación contra el dopaje. Tú no eres atleta ni policía, tampoco te dopas ni diriges una investigación, ni siquiera opinas sobre el detenido ni sobre el denunciante ni sobre el evidente buen rollo que a todos ellos les une, no dices quién tiene la razón y quién tiene la culpa, incluso contienes los chistes fáciles del tipo que ahora entiendes por qué lo de salir a correr engancha como si fuera una droga, pero resulta que cuando se convierten en sujeto de un verbo incómodo y de un complemento aún más incómodo te quieren hacer creer que eres el responsable de dañar la trayectoria de un profesional intachable y de manchar la imagen de un deporte extraordinario. Te lo dicen los mismos que, si te callaras algo así de un político, te llamarían apesebrado. De hecho, a menudo te lo llaman de forma preventiva, porque dan por supuesto que te estás callando algo. Da lástima comprobar que estábamos equivocados y que los políticos, aunque carguen con casi toda la culpa, no son los peores. Al final, lo difícil no es escribir sobre un asunto que desconoces, sino conseguir que no escriban por ti. Si lo consigues, lo de no perder amigos por el camino es prácticamente imposible.
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