¿Te has asomado alguna vez a los profundos ojos de una vaca? No sé exactamente cuándo el hombre pudo domesticar a los animales. La forma podría ser la de Saint Exupery, cuando el zorro entabla amistad con le Petit Prince: «Si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo». Frase muy lírica y emotiva.
Pero en el plano cietífico, posiblemente el primero fuera el perro, por su hambre canina que lo lleva a comer de todo. A este respecto nos habla el libro del etólogo Konrad Lorenz: «Cuando el hombre encontró al perro». Luego llegarán otros especímenes y por su interés, la vaca.
Algo habrán visto los hindúes en ellas para considerarlas sagradas. Como los egipcios con los gatos o la gente actual con sus mascotas. Cambia el objeto pero el sentimiento sigue siendo el mismo.
Los bóvidos secularmente han compartido la cercanía con sus amos. Situando antiguamente el establo junto a la vivienda, a la que trasmitían su calor. Aparte del importante interés por la leche, la mantequilla, los quesos y finalmente la carne.
Tan dóciles son, tan inocentes, que un día las envenenamos: Enloquecieron y murieron a centenares. Algo parecido al drama del aceite de colza adulterado.
Cuando subo para Riaño me fijo en el paisaje, los pueblos y sus moradores. A unos pocos kilómetros, apenas abordada la N-625, el viaje se me avinagra, viendo junto a la carretera la sordidez de algunos apriscos, donde decenas de vacas malviven a la intemperie bajo la lluvia, la nieve y el sol de justicia, dependiendo de las estaciones, y chapoteando sobre sus propios excrementos. Para estas infortunadas reses, cuando vayan camino al sacrificio, llegará la liberación. El día de su muerte, el día de su vida, para entrar en el Paraíso Hindú, el Dharmashastra.
Si las vacas de La Cenia hablaran, dirían: «Hay otros mundos, pero están en éste». Paciendo (como se dice por Omaña) o sestenado a la sombra de una encina. Ya lo quisiera para mí.
Pero el ganado más espectacular lo ví en la Selva Negra donde, a lo largo de una caminata entre abetos centenarios, en un claro del bosque, me topé con unas vacas relucientes y un kiosko en el que exclusivamente vendían vasos de leche. Lo más natural. Algo parecido a la que, a los portalones de las casas, se vendía en Santillana del Mar. Que supongo, por esas cosas de la UE, habrán acabado con ello.
Hoy el blanco líquido tiene gran importancia comercial. Multitud de marcas compiten por hacerse con el mercado. Hasta creo que con el avance de las nuevas tecnologías, un día serán las propias vacas las que vengan con la leche procesada: Con el colacao, soja, omega, café, ketchup, jengibre y todo tipo de aditivos.
Para los ecologistas de salón las vacas son una fuente de subvenciones. Y para justificar sus estudios, dicen que las vacas son unas fábricas de metano (como todo bicho viviente).
Me pregunto si estos tipos tan delicados, después de comerse una fabada con morciella, oreya, llacón y tocín ¿no se tirarán unos cuescos con disimulo? Hipócritas.