david rubio

El último viaje

Periodista
01/11/2026
 Actualizado a 01/11/2026
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Este miércoles, a primera hora, cogí el tren. Hacía una mañana preciosa. Los últimos días de octubre han sido espectaculares, con esa luz que parece querer compensarnos por la que nos va robando el otoño.El sol, que se levanta como sacando pecho, debe de tener mala conciencia por abandonarnos cada día un poco antes. Al amanecer y al atardecer, de tan bonito, el cielo se pone cursi, tejiendo los horizontes con algodón de azúcar. El tren iba a reventar, no quedaba un solo asiento libre y todos los viajeros sin excepción miraban sus teléfonos móviles con la cabeza encorvada, como nos pasamos ahora la vida, camino de convertir la chepa en un rasgo evolutivo de nuestra especie. Dentro de unos cuantos siglos, o quién sabe si la semana que viene, los paleontólogos encontrarán nuestros esqueletos y pensarán que nos pasábamos el día buscando setas. Nadie miraba por la ventanilla, aunque lo de fuera resultase mucho más interesante que la inmensa mayoría de las paridas que aparecían en las pantallas.

Antes de llegar a Palencia, mientras contemplaba la estepa castellana, a estas alturas del año demasiado ocre pero hermosa con el sol tan bajo y el cielo tan azul, el tren se detuvo. Estuvimos así unos minutos, escuchando todos, quisiéramos o no, la discusión de una pareja que se faltaba al respeto con preocupante naturalidad. Poco antes de las 9 de la mañana, otro tren pasó a nuestro lado a tal velocidad que hizo temblar los cristales, los asientos y las conciencias. Pensé en las deficientes inversiones ferroviarias, en que la vía única entre León y Palencia obliga a los trenes a meterse en lo que llaman un aliviadero para dejar pasar a otros. Hay metáforas demasiado fáciles: tenemos unos trenes que pueden correr a velocidades diabólicas, pero a veces tienen que apartarse como los carros cuando se cruzaban por los caminos. La modernidad consiste en ponerle nombres sofisticados a los problemas de siempre. Eso sí, los viajeros seguimos mirando el móvil y sonó algún suspiro de desesperación, como si la falta de cobertura fuera una desgracia mucho más importante que la falta de una segunda vía.

En Valladolid, se bajaron muchos pasajeros y subieron otros tantos. Calculaba la cantidad de leoneses que tienen que ir a trabajar allí, y me despertó de mi embelesamiento una señora diciéndome que tenía cambiarme de asiento porque estaba sentado en el suyo. Pensé entonces en los caprichos del azar, en esos supervivientes de accidentes que cuentan que se salvaron porque en el último momento decidieron cambiarse de sitio, porque se entretuvieron tomando café, porque se olvidaron las llaves de casa o porque alguien les llamó cuando estaban a punto de salir. También en quienes no lo cuentan porque murieron precisamente por alguna de esas insignificancias. Uno nunca sabe cuándo está tomando una decisión trascendental. Ni siquiera sabe si está tomando una decisión o simplemente obedeciendo a una pucelana que le dice, con toda la razón, que el asiento es suyo.

Fue entonces cuando empezaron a llegar a los móviles las noticias del accidente ferroviario de Toledo. Primero, cuchicheos. Después, mientras las cifras de muertos crecían de forma exponencial, el tren se convirtió en una biblioteca, un silencio sepulcral que dejó más tensión dentro del vagón que en la catenaria. Surgieron los cuñados de siempre, súbitos expertos ferroviarios que hasta ayer eran especialistas en fronteras, riadas, virus, apagones o alquileres asequibles. Pero hasta los cuñados se callaron. Había algo demasiado cercano en aquella noticia que inundó todos los grupos de Whatsapp y todas las conversaciones. 

Nos acercábamos a toda velocidad a Chamartín y allí no hablaba ni Dios. El tren seguía corriendo, como si lo persiguiera otro, ajeno a las noticias, a los muertos y a nuestros pensamientos, con esa indiferencia mecánica que resulta tan tranquilizadora cuando todo funciona bien y tan inquietante cuando uno empieza a pensar en todo lo que puede salir mal. De pronto éramos conscientes de cada vibración, de cada pequeño balanceo, de cualquier ruido que en circunstancias normales ni siquiera habríamos escuchado. Pensé otra vez en el tren con el que nos habíamos cruzado antes de Palencia, ese temblor que ya queda para siempre en la memoria, en el asiento que acababa de abandonar y en la facilidad con la que uno se acostumbra a confiar su vida a cosas que no comprende. 

Lo más estremecedor no fue el silencio, ni la tensión, ni el miedo que se palpaba en el ambiente: cagados como estábamos todos, por primera vez en el trayecto dejamos de mirar los teléfonos y empezamos a mirarnos a los ojos, supongo que buscando alivio, comprensión, consuelo, acaso un gesto de ternura que ayudara a combatir el pánico. No sabíamos cómo nos llamábamos, de dónde veníamos, adónde íbamos, ni por qué. Nos habíamos estado ignorando con una eficacia admirable, cada uno encerrado en ese universo que cabe en la palma de la mano, pero bastó una noticia para que aquellos desconocidos nos empezáramos a reconocer. No hizo falta decir nada. Tampoco ninguno habríamos sabido qué decir. Sólo queríamos estar acompañados, ese tipo de compañía que no te puede dar ninguna pantalla cuando te acuerdas de que cada viaje puede ser el último, la misma que todos despreciamos en cuanto pusimos el pie en el andén y volvimos a nuestras despiadadas prisas.

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