El absentismo no es el problema de las empresas, es la señal.
Es uno de los grandes temas de conversación en las empresas. Preocupa, crece y cuesta dinero. Las cifras están ahí, los equipos lo notan y la productividad se resiente.
Y, sin embargo, seguimos mirándolo desde el mismo lugar: el legal, el normativo, el técnico. Regulación, control, medidas correctoras.
Pero hay algo que no estamos queriendo mirar.
El absentismo no empieza el día que alguien no va a trabajar. Empieza mucho antes.
El absentismo empieza cuando una persona deja de sentirse parte de lo que hace. Cuando el trabajo se convierte en una obligación sin sentido. Cuando el liderazgo no acompaña, no escucha o simplemente no está. Cuando el clima pesa más que el propio trabajo.
En los últimos años algo ha cambiado. Hemos aprendido a valorar nuestro bienestar de otra manera. La salud mental ha dejado de ser un tema invisible, la polarización, la crispación y el cortoplacismo han desbancado al propósito y al liderazgo coherente y cada vez más personas se preguntan para qué hacen lo que hacen.
Y ahí está el fondo de la cuestión.
Nuestro bienestar ha pasado a ser nuestro bien más preciado y éste no se cubre solo con la satisfacción que obtenemos al cobrar la nómina.
Lo que vivimos es una desconexión alarmante.
Porque cuando el trabajo deja de ser un lugar al que quieres ir y se convierte en un lugar del que necesitas escapar, el problema ya no es el absentismo.
Es lo que lo provoca.
A menudo escucho que “la gente no quiere trabajar”. Y me pregunto: ¿no será que no quieren trabajar contigo?
Habrá excepciones, sin duda. Pero, en general, las personas quieren trabajar. Eso sí, no a cualquier precio y no de cualquier manera.
Y esto no se soluciona con más controles, ni con protocolos, ni con medidas aisladas que intentan corregir el síntoma sin entender la causa.
Porque el absentismo —igual que la dificultad para atraer o retener talento— no es solo un problema de gestión.
Es un problema de cultura.
Durante muchos años, las empresas han puesto el foco en cumplir. Cumplir con la norma, con los procedimientos, con los objetivos. Sin embargo, han dejado en un segundo plano algo mucho más incómodo que abordar: cómo se sienten las personas que sostienen esa empresa cada día.
Si hay una cosa clara hoy por hoy, es que las personas son el activo más importante de las empresas. Si no se cuida y se atiende, toda la producción se resiente.
Lo que no se atiende, aparece. A veces aparece en forma de desmotivación, en forma de rotación, en forma de ausencia.
La realidad es que estamos intentando resolver con herramientas técnicas lo que, en el fondo, es profundamente humano.
Y ahí es donde empieza el verdadero reto. Porque poner el foco en las personas no es buenismo, no es poner fruta en la oficina, no es “cuidar” como un valor en la pared.
Hablar de personas es cuestionar cómo estamos liderando, cómo estamos organizando y qué cultura estamos generando sin darnos cuenta.
Esto exige algo que no siempre estamos dispuestos a hacer: parar y mirar de verdad. No para justificar lo que pasa sino para entenderlo.
El absentismo tiene un coste económico evidente. Pero hay otro coste, más silencioso, más dañino y pernicioso, el de las personas que están, pero ya no están.
Este es el que realmente debería de preocuparnos porque no se ve en los informes, pero se nota en cada conversación, en cada equipo, en cada empresa que no termina de entender por qué, a pesar de todo, algo no funciona y desgasta.
Ha llegado el momento de dejar de preguntarnos cómo reducir el absentismo y empezar a mirar lo que lo está provocando.