Lunes de Pascuilla en la Candamia. La tarde tiene algo de epílogo y algo de prólogo: epílogo de la Semana Santa que en esta ciudad empieza ya a durar todo un mes, puede que todo el año, el incienso por las calles, los papones de los bares a las misas, y prólogo de la primavera, que se ha manifestado sólo con calor y sol pero aún no ha empezado a florecer. Eso provoca una extraña sensación, pues los árboles esqueléticos apenas dan sombra y la gente se tiene que arremolinar junto a los troncos, dando al parque, quizá el más bonito de León con su río, sus pequeñas Médulas y sus secretos, un cierto aspecto de playa de Benidorm en la que no se puede estirar la toalla. Pero noto algo más raro en el ambiente y todavía no puedo saber lo que es.
Hay colas para pedir en los cuatro puntos cardinales del único bar abierto. Al otro lado del Torío, un hombre se ha puesto a construir casetas, playas, columpios y hasta un huerto y deja que todo el mundo disfrute de ese pequeño paraíso.Su generosidad no evita que a menudo le derriben todo, a veces por orden de la autoridad y a veces por entretenimiento de algún desalmado (y a veces las dos). Un grupo de macarras escucha un insoportable trap a un volumen estúpidamente alto, rompiendo la serenidad del paisaje. Huelen a sudor, a granos y a costo malo. Al verlos, pienso que igual lo que se me hace extraño es que hay por todas partes mucha gente joven, algo que no es demasiado habitual en esta ciudad. Pero tampoco es eso: no soy tan viejo como para que me llame la atención algo así.
Sigo con el paseo, esquivando ciclistas y gente corriendo sin prisa. Pienso en que la Semana Santa cada vez se parece más a la Navidad, porque el origen religioso hace tiempo que pasó a ser lo de menos y ahora hay tantas comilonas que, cuando termina, a todo el mundo le entrar arrebatos de buenos propósitos. Sigo sin saber lo que me resulta tan extraño. Llego al campo de voley playa de Puente Castro donde se celebra un emocionante partido internacional entre las selecciones de Ecuador y Colombia. La grada vibra. Camino hasta un recién estrenado circuito de cuestas y curvas acolchadas en el que, ahora, me llama la atención que todas las familias son españolas, uniformadas de Quechua (hasta las bicicletas), vestidas de turistas dentro de su propia ciudad. Una postal desconcertante y reveladora a un tiempo.
Al fin me doy cuenta de lo que me resultaba extraño: desde hace un rato, desde que entré al parque de La Candamia, todos a mi alrededor son extranjeros. Supongo que los leoneses se habrán ido todos a sus pueblos, para abrir las ventanas de sus casas a ver si sale el invierno, el único ocupa por estas latitudes aunque los peajes del poder abrieran una Oficina Antiocupación en la que nadie hizo una sola consulta. Los migrantes, en cambio, lo tienen demasiado difícil para conseguir una primera vivienda, como para andar pensando en una segunda residencia donde va a parar todo lo que nos da pena tirar. Al ver que la mayoría son latinos, pienso en que tienen que echar de menos no sólo su tierra sino también su clima, que habrán pasado el invierno más encerrados que nunca en toda su vida.
Mientras la realidad se ordena sola, la política sigue desordenándolo todo. El debate sobre la inmigración se convierte, también, en moneda de cambio. Extremadura ya dice que los «españoles, primero» a cambio de que el PP siga en el poder y en Aragón los pactos serán aún mucho más sangrantes porque Vox obtuvo mejor resultado, así que a nadie nos quedan dudas de lo que pasará en la primera institución europea que abrió sus puertas a la extrema derecha. En realidad el tema es lo de menos: todo se convierte en arma arrojadiza a cambio de poder o de los mejores sueldos. El problema que lo perpetúa todo es que quienes deberían evitarlo están demasiado ocupados celebrándose a sí mismos.
Se volvió a demostrar el pasado martes, en Valladolid, durante la constitución de Las Cortes. He visto bodas pueblo con mucha más clase. He visto mucha más sinceridad en cualquier partida de mus. Coincidió con el aniversario de la República, pero a nadie pareció importarle porque allí nadie tenía motivos para celebrarlo: los que siguen mandando porque no les recuerda a nada bueno y los que deberían defender aquellos valores porque los desconocen y, además, se comportan como perfectos «socialistas de derechas», otra genial expresión que le debemos a Ayuso (supongo que a su gurú). Son republicanos, sí, pero asintomáticos. En breve, unos y otros hablarán de la regularización masiva de migrantes o del reparto de menores no acompañados como si les importara, preocupándose sólo de o que les afectara a ellos y a sus cargos. Por suerte, la integración no se decreta en un parlamento ni se bloquea en un discurso: sucede, sin permiso, en un parque cualquiera.