Guardo un pantallazo de Street View, la aplicación ésa de Google Maps que te permite recorrer las calles a partir de las fotografías cartográficas. Es en San Félix de la Vega y lo único que se puede ver del pueblo son las casas pegadas a la carretera de Veguellina a Riego. Durante algún tiempo, aparecía allí la figura de Tío Fernando, capturado por la cámara mientras caminaba con un capazo, seguramente a tirar brozas del huerto.
Me gusta que el invento tecnológico le pillase precisamente en ese momento hacendoso, como era él. También alguien con un permanente buen humor, incluso después de que la vida le golpease con la forma más horrible de sufrimiento que puede acarrear la muerte, y de que le adjudicase una salud delicada. Eso no le quitó de ser una persona graciosísima y con un afán por vivir la vida como he visto en pocos. Hasta el último día anduvo de acá para allá con su bici, que algunos años alternó con una viejísima mobylette. Aunque terminó viviendo en Gijón, construyó su casa en San Félix, donde pasaba todo el tiempo que el cuerpo le permitía.
Durante unos pocos años vivió aquí, en León, en el portal al lado del nuestro. El típico tío con el que te querías quedar siempre: contaba las historias de forma divertidísima y, frente al rigorismo de tus padres, ofrecía un punto de vista un tanto anarquista que hacía que lo sintieses más cerca de tu bando que del de los adultos. Es verdad que tuvo a mi Tía Susa detrás de él para que tuviese cuidado con lo que comía o con los esfuerzos que hacía, pero el hombre casi siempre acababa saliéndose con la suya gracias a un encanto natural que me gusta pensar que circula todavía por la sangre familiar (y que algo me habrá tocado en el reparto).
Tío Fernando murió esta semana y mi padre repite a todo el que le da el pésame que, de siete hermanos, sólo quedan dos. Yo le escribo por whatsapp, donde desde hace años lleva una foto de él con Fernando: los dos en el pueblo, encamisados y con sombreros de paja. Me quedo mirando esa imagen y pienso que, tristemente, cada vez se vuelven más frecuentes estas despedidas. Me gustaría estar a la altura en todas ellas, pero las palabras tienen un límite, como me dijo el director teatral Declan Donnellan: salvo para cuestiones puramente prácticas (“Mi casa está ardiendo; que vengan los bomberos”), el lenguaje rara vez consigue cumplir del todo su cometido en las cosas importantes. Ni la pena ni el agradecimiento que sentimos al recordar a alguien caben realmente en un texto como éste. Así que voy a dedicarte una sonrisa, Tío Fernando, que es lo que mejor resume lo que fuiste para nosotros.