Es posible que este nombre no te suene. Está en latín y es una oración cuya música conoces, aunque este año no la escuchaste. Se trata de un canto de acción de gracias, creado por un clérigo en el siglo XVII. La estrofa saltó a la fama por algo tan estúpido como un evento musicaloide: El Festival de Eurovisión. A mí, este tipo de música, no me gusta. Pero tampoco me gusta que la prohíban. Por eso este año lo seguí, al margen de la Televisión espantosa.
Volviendo al Tedeum y a la paz del Papa, no todo es orégano en la historia sagrada, donde las guerras no han faltado.
En Oriente siglo III, el cisma de Arrio dio origen al arrianismo, religión que trajeron los visigodos a España. Siglos después, el patriarca de Constantinopla –Miguel Cerulario– consumó el cisma entre la iglesia católica y la ortodoxa.
Siglos después en Francia, los cismáticos albigenses fueron eliminados en una especie de cruzada sangrienta y confusa. Porverbial fue la respuesta de Simón de Montfort cuando los soldados le preguntan cómo distinguir a herejes de católicos: «Matadlos a todos y que Dios elija a los suyos».
Más alcance tubo el conflicto contra los protestantes, emprendido por Carlos I y Felipe II. Recordemos los Tercios de Flandes, presentes en ‘La Rendición de Breda’, de Velázquez.
De forma drástica la Iglesia cerró la herida luterana con el Concilio de Trento y desde ahí, llegamos al Vaticano II, que quiso innovar. Pero modernidad e Iglesia no encajan. Una cosa es Dios y otra las religiones. Tanta seguridad, tanta autoridad, tanto dogma, no pertenecen a la lógica.
El Papa es el administrador de los activos de Dios y de la Santa Sede pero León XIV va siendo uno más. Al simplificar el ritual la gente se aburre. Como decía Brassens: «Sans le latin, la messe nous emmerde». En la misma línea, Chateaubriand se hizo católico por el esplendor de los ritos de la Iglesia católica, frente a la austeridad protestante. De ser hoy, no habría dado ese paso.
Dentro de poco el Papa León XIV vendrá a España, se reunirá con el presidente comunista y chavista; visitará la Sagrada Familia, pero ni una mención para la cruz más alta del mundo, amenazada por el sátrapa que nos gobierna. Hablarán de Trump, de Nethanyahu, Zelensky...
Una pérdida de tiempo y prestigio, teniendo tantas cosas pendientes, como la figura de la mujer en la Iglesia o la imposición del celibato. Ya San Pablo, en una de sus cartas, hablaba del matrimonio y divorcio de los obispos.
No entiendo que el Papa le proporcione a Sánchez una cortina de humo. Ni su complacencia con el Islám, donde los cristianos son asesinados en Nigeria, Sudán, Pakistán y una larga lista de países islamistas. La política crea extrañas amistades y el Papa mejor se atendría a las palabras de Jesucristo: «A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César».