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Sus satánicas señorías

Periodista
31/05/2026
 Actualizado a 31/05/2026
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Soy bastante bueno consolando, pero a un amigo que hace poco me pedía dinero y encima se compadecía de sí mismo, le tuve que decir: «Tronco, el dinero o el consuelo». Hay que saber decir justo lo que uno necesita escuchar cuando la vida se pone cuesta arriba y yo tengo repertorio de frases huecas para cada situación. Sé qué decirle a quien le han puesto los cuernos y, como suele pasar, ha sido el último en enterarse. Sé acompañar a alguien que acaba de perder a un familiar. Incluso soy capaz de encontrar palabras para el que anda hundido porque ha bajado su equipo, porque le han despedido o porque el algoritmo ya no le quiere tanto como antes. Pero hay algo para lo que reconozco que no estoy preparado: no sé cómo consolar a un socialista.Me sale decirles «sé fuerte», pero creo que no procede.

No me refiero al militante aspirante, ese que todavía se atreve a defender lo indefendible mientras acusa a la ultraderecha, a los jueces y a los periodistas de que le tienen manía por los mismos motivos que ya hace años argumentaba CristianoRonaldo: ser guapo, rico y bueno. Me refiero al socialista de verdad, que quedan aunque no hagan ruido, o por lo menos yo aprecio a varios de los que no necesitan tatuarse rosas porque lo llevan por dentro. Ya no sabía qué decirles hasta ahora, cuando se abochornaban por los torrentes y los influencers que se habían adueñado de su partido, pero mucho menos desde la pérdida de su gran referente. Tampoco son demasiados porque, para ser considerado socialista, como todo lo demás, no vale sólo con afiliarse: además, hay que merecerlo. Lo cantaba Krahe en los ochenta: «Tú mucho partido pero, ¿es socialista? ¿Es obrero?... ¿O es español solamente?». 

Su particular cuesta abajo comenzó, seguramente, en la segunda legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero, cuando el partido empezó a sustituir la ideología por el marketing, la militancia por el relato y la gestión por la propaganda sentimental. La primera había sido admirable, con un consejo ministros que era también todo un consejo de sabios, cada uno de lo suyo, pero a partir de ahí se desató una pérdida de valores que ha terminado llenando los despachos de inútiles y discursos de TikTok, de gente, a fin de cuentas, que confunde la política con un casting permanente. Con Pedro Sánchez y su virtuosismo de funambulista, los socialistas no sólo han profundizado en el marketing y la aplicación de estores, visillos y todo tipo de cortinas de humo, sino también en algo mucho peor: la única ideología pasó a ser la supervivencia y eso resulta muy peligroso, porque puede terminar justificándolo todo.

Mientras los periodistas debaten sobre siChatGPT les ayuda o les sustituye, siempre desde la perspectiva de su profundo ombligo (en eso y en los sucesos es en lo único que no cambia la profesión), los que han escrito, titulado, editado y sin duda programado las noticias que todos hemos leído esta semana han sido los jueces. Casos como los de la mujer o el hermano del presidente dejan peor a la justicia que a los acusados, y al mismo tiempo hacen que pierdan crédito los asuntos verdaderamente graves. Antes los gobiernos caían por el trabajo de los periodistas de investigación, lo que se podía considerar un buen síntoma para la democracia, pero en eso también ha pasado lo mismo que con la inteligencia artificial: es mucho más fácil recurrir a las filtraciones. También más peligroso, claro, y por el mismo motivo: notas que cada vez resultas más inútil. A propósito de inútiles, andaba Feijóo decidiendo si se tenía que preocupar más por Vox o por Ayuso y los que le han adelantado han sido sus satánicas señorías, a los que sólo les ha faltado cerrar sus autos con la frase que las madres les dedican a los hijos que no encuentran lo que buscan: «¿Qué pasa, que tengo que ir yo?», para concluir después con un «quita del medio, inútil, que si fuera un perro, te muerde». Un perro, precisamente un perro.

Personalmente, lo que más me entristece de todo lo que está pasando es que el periodismo no tiene nada que celebrar, ni siquiera esos medios que, de tan felices, no encuentran un cuerpo de letra proporcional a su ira contra elGobierno y los socialistas, ya sean de forma o de fondo. Las trincheras mediáticas se hacen cada día más profundas y apesta ese ansia por colgarse la medalla de quién le dio la puntilla al bicho. Por mucho que griten los tertulianos, por mucho que los titulares quieran dictar sentencias, por mucho que los verdaderos socialistas se avergüencen de lo que está pasando y teman el desierto que viene, por mucho que los socialistas de pesebre nieguen la evidencia como si en vez de a un partido perteneciesen a una secta, sigue habiendo formas dignas de ser socialista. Ahí están, por ejemplo, los alcaldes de pueblos y ciudades que estos días viven en la zozobra porque, hasta hace poco, no querían que se adelantasen las generales para hacerlas coincidir con las municipales, porque creían que eso les podría perjudicar, y ahora han pasado a pensar exactamente lo contrario: casi mejor adelantarlas pero más, cuanto antes, no vaya a ser que dentro de un año la marca reste todavía más.

No sé cómo se consuela a un socialista en un momento así. No encuentro las palabras. Se me viene a la memoria aquella escena de Los Simpson en la que el reverendo Lovejoy entra a ver a Bart, preso en una celda, y únicamente acierta a decirle: «Hala, hala.Hala, hala». Pero conozco a socialistas admirables, de los que han predicado con su ejemplo y no con su Instagram, a los que ahora no sé qué decir. Al resto, lo único que me sale es: «No te disgustes tanto.En realidad, tú tampoco eres tan socialista».

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