Los leoneses nacemos (también) donde nos da la gana. Este humilde servidor de ustedes, sin ir más lejos, vino al mundo en Palencia. Juan Aparicio Belmonte lo hizo en Londres y, aunque viva en Madrid, es de aquí porque lo sentimos de aquí, así que ya está.
Lo descubrí por Benja, que llegó un día diciéndome que tenía que leer a un paisano con el que te morías de risa. El primer apellido remitía a una figura mayor de las letras de estos lares, el autor de ‘Retratos de ambigú’. Ahí es nada. Su hijo, sin embargo, no se circunscribe a la escritura y se desparrama, multimedia, por muchos y diversos territorios. Es autor de novelas (‘Mala suerte’, ‘El disparatado círculo de los pájaros borrachos’, ‘Pensilvania’), teatro (‘Cuatro esquinas’) y textos periodísticos. Ejerce también como viñetista y tiene una descacharrante vídeo-serie en Instagram, ‘Superantipático’, que va de un cincuentón divorciado que se enfrenta a la gastronomía de la soledad cotidiana y a los sinsabores del mundo laboral.
Me gusta pasar tiempo en los ‘reels’ de Aparicio Belmonte. No sólo porque le copie algunas recetas, aunque todavía no me haya contagiado su aversión hacia los limones (a ver con qué hago el hummus, amigo mío). También porque disfruto al ver mi propio patetismo a través de sus ojos. Esas pequeñas mezquindades, un poco tiernas, en las que todos caemos, pero que se sienten diferente cuando se analizan en primera persona. Al final, la vida consiste en arrastrarse, desde que aquellos primitivos anfibios salieron del agua, precisamente con el vientre en el suelo.
También me gusta que lo cuente en Instagram, oh vanidad, donde sólo hay lugar para la jactancia. Pero, sobre todo, me encanta recordar una cosa que me dijo una vez: “Si uno vive en España como si fuera extranjero (es decir, que te importe una higa su política), se puede ser muy feliz”. Cuesta, pero intento aplicarlo siempre que el ‘encabronómetro’ se pone en rojo. Imagino entonces en que he sido destinado a la República Checa o a Albania. Y pienso en cómo reaccionaría cuando alguien me viniese con la cantinela: “¿Pero tú has oído lo que dijo éste?”. Ya, ya, qué movida, respondería yo a las acusaciones hacia tal partido, mientras una capa viscosa e impermeable que rodea mi ser provoca que todas esas cosas ‘gravísimas’ me resbalen.
Habrá quien se levante, dedo enhiesto, como uno de los personajes de ‘Superantipático’, diciendo que oiga, que no, que es intolerable, que no nos puede dar igual todo eso. Se le podrá contradecir que es lo que quieren precisamente los políticos, tenernos bailando y peleando para que no se les caigan los palos del chiringuito. O también se le podrá dar la razón y pedir otro vino. A la salud de ‘Superantipático’.