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La suma de las partes

03/05/2026
 Actualizado a 03/05/2026
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CuentaFernando Fernán Gómez en ‘La silla de Fernando’, el maravilloso documental que le dedicaronDavid Trueba y Luis Alegre, que la envidia es un sentimiento universal pero en el caso de España tiene una particularidad que él explica con un ejemplo: «Los ingleses envidian a Shakespeare por cómo escribía, pero aquí a Cervantes no se le envidia: se le desprecia, se dice que ‘ElQuijote’ tampoco es para tanto, que está sobrevalorado, poco menos que lo hubiera podido escribir cualquiera». 

A ese desprecio de la envidia española le da una vuelta de tuerca, como casi siempre, su versión leonesa, comúnmente conocida como tirria.Los leoneses no somos envidiosos porque eso implicaría, al menos, una cierta aspiración. Aquí el desprecio es el que tiene denominación de origen. La tirria es un desprecio cotidiano, que no necesita explicación ni justificación. Si lo hace ese modorro... Tan listo no serás si estás aquí. O si vuelve será por algo... Es toda una actitud. Hay días en los que sales a la calle y antes de que te dé el aire notas una cierta hostilidad. No es el frío ni la luz rara de los días sin ganas: es como si todo el mundo saliese de casa recién discutido. 

Con semejantes despertares, con los quijotes cayéndosenos de los bolsillos, resulta difícil encontrar alrededor algo que no termine, antes o después, en bandos enfrentados. La tirria provoca una tendencia incontrolable a la fractura que va replicando un modelo con el que se explican casi todos los fracasos de nuestra amplia gama. Atomización. Es el espíritu de la cofradía leonesa. Un virus, con perdón, ya convertido en epidemia. El problema no es que algunas decisiones claves para la ciudad se tomen en lúgubres reuniones de seises, abades y demás cargos que van pasando de siglo en siglo y de apellido en apellido, sino que León, en realidad, es una gran cofradía de cofradías. Se trata una forma de organización que hemos interiorizado hasta convertirla en sistema, que se nos ha instaurado en el carácter y no solo en Semana Santa, cuando es evidente y para algunos motivo de orgullo, sino todo el año. Queremos presumir de los concejos, de fueros y de cortes pioneras, pero el comportamiento de los leoneses se sigue pareciendo, demasiado a menudo, al de una cofradía. Así es como hemos llegado a ser el destino perfecto para celebrar lo mismo una despedida de soltero que unCongreso Nacional de Cofradías. A los hechos me remito.

Además del desprecio, el sentimiento de pertenencia amortigua otros complejos. Algunos, para soportarse o para liberarse, necesitan normas, lealtades, jerarquías y, sobre todo, límites. Unas cuantas personas charlan en círculo y, cuando llega alguien y se pone a hablar con una de ellas, el círculo no se abre para integrar al nuevo sino que se cierra un poco más para apartarle. Y al que le hable, también. Por aquí los grupos de Whatsapp siempre tienden a reducirse. La tirria no es la competitividad, ni la superación, ni el intento de desbancar al de arriba. No es cuestión de trepas. Al otro se le desprecia tanto que no llega ni a la categoría de enemigo. Es ahora me lo monto yo y que les den a todos. Sujétame el butano. 

Pasa todo el año, en todos los ámbitos de todos los sectores y a todos los niveles, entre hosteleros, constructores, sindicalistas, conserjes, mecánicos, libreros, profesores y fruteros, por supuesto pasa entre periodistas y también en esas dos grandes escuelas del espíritu de la cofradía que son la universidad y la política, y explica por qué hay tantas asociaciones para lo mismo (que termina siendo para nada), tantas divisiones en dos y si el día viene torcido en tres, tantos clubes sociales como si fueran escuderías; explica por qué los proyectos se duplican en lugar de reforzarse, por qué cualquier iniciativa acaba teniendo una réplica inmediata; hasta explica la dispersión de la provincia, esa colección infinita de pueblos que, en el fondo, responden a la lógica de que mejor pequeños y nuestros que grandes y compartidos. Es evidente que a los leoneses nos gusta privatizar en general. 

Mientras nos organizamos en cofradías, mientras defendemos nuestro espacio, las oportunidades que requieren una mínima unidad pasan de largo. Sin hacer ruido, sobre todo en comparación. Como pasan siempre las cosas importantes en León. Luego que por qué no avanzamos, por qué todo cuesta tanto, por qué cualquier proyecto se atasca más de lo razonable, por qué todas las obras se convierten en la Sagrada Familia («¡qué turra con Gaudí!»). La respuesta suele ser incómoda porque a veces no está fuera, ni en Valladolid ni en Madrid, sino que esto está lleno de nocedos.

Al final, más que una provincia, somos un desfile. Eso sí: cada uno marcando el paso como quiere, con su música, con su ritmo, mirando al frente y dejándose ver. Sin mezclarnos demasiado. No vaya a pensar alguien que somos todos de la misma cofradía.

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