david rubio

Sobremesa en Devesa

Periodista
25/10/2026
 Actualizado a 25/10/2026
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Sobremesa en Devesa. Domingo por la tarde. Vistas a la Cruz de Vegas, el sol enrojeciendo la Quebrantada, los niños probándose disfraces y el perro probando nuestra paciencia. Risas y maldades. Maldades y risas, más bien. Gintonic y gominolas para combatir la acidez no sólo de nuestra digestión, sino también de nuestros chistes. Nos salva que los más crueles son siempre contra alguno de los presentes. Fracaso estrepitósamente con el arroz y busco excusas al más puro estilo Fernando Alonso, que si el viento, que si el contraluz, que si el caldo... pero la verdad es que mis amigos me lo perdonan todo y dicen que no estaba tan malo. Hasta se atreven a comerlo, quizá porque empleé el truco de Yuma: servirlo a las cinco de la tarde, cuando el vacío del estómago no deja que el paladar se pierda por los matices. Me dan más caña con la discusión, repetida, sobre política. Creo que tocaba Ceuta, o el ático, o la agenda de Ábalos, o la amnistía. El tema, en realidad, es siempre el mismo. Alguien tiene que llevar la contraria a la concurrencia y esa siempre ha sido una de mis pasiones, así que me veo obligado a defender al presidente funambulista, a ratos convencido y a ratos sólo por incordiar. Casi me comen a mí y dejan el arroz. Me suena el teléfono. Número desconocido. Pienso en que los televendedores ya no respetan ni los fines de semana, qué turra, verás cómo me preguntan otra vez que si quiero aislar la buhardilla que no tengo o si quiero un seguro para una moto que tampoco tengo. Contesto con total desgana: ¿Sí? ¿A ver? ¿Dígame usted?

 - Hola, buenas tardes, soy Joan Manuel Serrat.

Hooooostiiiiiiaaaaaaaaa. Me pongo en pie por instinto, como si fuera militar y apareciera ante mí un oficial que me obligara a cuadrarme. Tartamudeo. Intuyo una sonrisa al otro lado. Me está llamandoSerrat. ¡Me está llamando Serrat! Cualquier otro nombre, desde el mismísimopresidente del Gobierno hasta el mismísimo rey, me hubiera despertado desconfianza, la duda de si se trataría de algún colega vacilándome, mi tío Juan desatado con la IA o algo así, pero esa voz se reconoce de forma nítida exactamente desde el primer segundo que la escuchas. ¡Serrat está llamando a mi móvil! Y encima me llama «Rubio», como me llaman en el bar de mi pueblo cuando falta uno para el mus. «Rubio, ¿cuándo quedamos para esa entrevista que quieres hacerme?». Buah, ¿tengo una cita con Serrat? ¡Tengo una cita con Serrat!
Otras llamadas y algún mensaje volvieron a escalofriarme durante las siguientes semanas. La última, mientras dejaba a mi hijo en inglés y una madre seguía contándome su vida aunque me viera hablando por teléfono y nunca pudiera imaginar con quién. Uno no se acostumbra a que le llame una persona que, allá por donde pisa, va despertando oleadas de ‘puesyos’: Pues yo te fui a ver una vez a la plaza de toros, pues a mí mi padre me ponía tus canciones en las cintas del primer coche que tuvo, pues yo supe que existía el catalán cuando no te dejaron ir a Eurovisión, pues yo tenía un tío que era muy seguidor tuyo y se las sabía todas... 

Al tenerle delante, supe lo que es el aura. Sale a abrir la puerta del portal, yo pongo la misma cara de sorpresa que la primera vez que me llamó y él, supongo, la misma sonrisa que intuí. Se me pasa el susto pero me doy cuenta de que estoy delante de un pedazo de lo mejor de nuestra historia. Con más de ochenta, conserva la sonrisa del niño que nunca quiso dejar de ser (supongo que esa es la clave del éxito) y conserva también la lucidez y la coherencia, en su discurso y en su actitud, como si fuera el último faro alumbrando tanta ignorancia empoderada. Sencillo en sus formas, en sus ropas, hasta en la banda sonora de su casa: no suena ninguna música, sino una lavadora al fondo. No hace falta insistirle para que entre con decisión a todos los temas, como ha hecho a lo largo de toda su vida. Intento que no se me note, supongo que en vano, que asiento al final de cada frase para mis adentros. Dice que si me está soltando un rollo.  Luego sale a despedirse al portal, sin parar de hablar, contando los recados de jubilado que le quedaban por delante aquella mañana. En menos de un minuto hay un círculo de personas haciéndole fotos. 

La sobremesa en Devesa cambió por completo después de aquella llamada. Empezamos valorar aquellas pequeñas cosas, el arroz cogió sabor a Mediterráneo, ojos de atardeceres rojos mirando la Quebrantada, el recodo y el camino, los niños volvieron a joder con la pelota y el perro que se escapó porque no respondía al nombre de Malasangre. Volví flipado a donde estaban mis amigos, que seguían con el debate en el mismo punto. ¿A qué no sabéis quién me acaba de llamar? ¡Joan Manuel Serrat!

Albertín, como siempre, fue el primero en romper el silencio: 

- Sí... Ya... Claro... Y te dijo que tenías razón, ¿no?

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