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El silencio de los palmeros

Periodista
10/05/2026
 Actualizado a 12/05/2026
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Ramón Carnicer publicó en 1964 un libro que cambió de alguna manera la historia de esta provincia. ‘Donde las Hurdes se llaman Cabrera’ denunció la extrema pobreza en la que vivían los habitantes de esta fascinante comarca leonesa, siguiendo la senda que unas décadas antes había iniciado Buñuel con su documental ‘Las Hurdes, tierra sin pan’. Con refinamiento villafranquino y lucidez universal, Carnicer contaba entre otros pasajes («abras por la página que abras, el libro te atrapa», me decía esta semana el rabelista Miguel Ángel García) la llegada de un gobernador a los pueblos cabreireses, donde los temerosos nativos echaban paja debajo de los coches oficiales para aplacar a las bestias de metal, porque nunca antes había visto un vehículo a motor.

La repercusión del libro, editado por Seix Barral y hoy considerado un clásico de la literatura de viajes, hizo que las fuerzas vivas del momento iniciaran una persecución contra Carnicer, con la complicidad de la ya por entonces prensa dominante en esta provincia, por haber denunciado con más certeza que todo el periodismo y la literatura que vinieron después el abandono institucional hacia una comarca que aún hoy, pese a evidentes avances que han llegado más de la mano de los pizarreros que de los políticos, sigue ofreciendo un viaje atrás en el tiempo a quien se atreva a adentrarse en ella. La respuesta tardó entonces en llegar más de una década y se tradujo en la visita de un ministro, el pese a todo leonés Rodolfo Martín Villa, que dejó una imagen para la historia de la que se pueden sacar demasiadas conclusiones: lo grave no es que le llevaran en volandas para que no se le mancharan los zapatos de barro y nieve, sino que además uno de los braceros era periodista. 

La fotografía no mejoró precisamente la imagen de los políticos cuando se acercan de visita a territorios en los que se consideran poco menos que de safari. Aún vivía el dictador en alguna cabezas y a los ministros se les adulaba con sumisión medieval, con la esperanza de que tuvieran una deferencia que convirtiera el agua en vino y la miseria en progreso. Ha pasado medio siglo desde entonces pero en la provincia de León se mantiene intacto ese espíritu servil. Estamos aquí para servirle aunque, la verdad, servir, lo que es servir...

Toda nuestra geografía provincial se puede convertir por menos de nada en Villar del Río, el pueblo en el que Berlanga ambientó ‘Bienvenido, Míster Marshall’, cada vez que un mandamás anuncia visita oficial y le recibimos con alegría. Por menos de nada se prepara una comitiva con sus correspondientes protocolos, gabinetes y demás postureo institucional en la que, como en los cumpleaños de los adolescentes, se preocupan más por a quién no invitan que por quién acude, una comitiva de la que también se pueden sacar demasiadas conclusiones: en primer lugar, que nuestros representantes, pese a ostentar los que se suponen más importantes cargos (que tanta brasa dan para conseguir), no deben tener tantas obligaciones si en cualquier momento pueden abandonarlas para participar en besamanos que sólo a ellos les parece que todavía no han pasado de moda; en segundo lugar, si nuestros dirigentes confían las inversiones y los proyectos al humor de una sola persona a la que tratan de agasajar con reverencias, significa que así entienden ellos también la parte que les toca, a su escala, en sus visitas y en las decisiones que pueden tomar por sí mismos. Caciquismo en la genética. La genuflexión se hace tic en quienes la han utilizado como herramienta para ascender, pero el abuso la puede acabar convirtiendo en arma de destrucción masiva. 

Mantenemos la esperanza de que vengan de fuera a solucionar lo que nosotros no terminamos de resolver, de que el progreso llegue en un maletín y que la varita mágica de un ministro o de una funcionaria a la que recibimos como si fuera la reina de Inglaterra vengan a paliar la escasez de ideas y de trabajo discreto, sacándonos así de nuestras sombras e iluminándonos con su bondad y su generosidad porque por aquí no hay demasiadas luces (en el aeropuerto, literal). Este feudalismo del siglo XXI, alimentado por el silencio de nuestros numerosos palmeros, se resume en lo que Isabel Díaz Ayuso definió en su día, refiriéndose a los leoneses, como«hacer el paleto», y creo que no hay nada que me pueda joder más en la vida que tener que dar la razón a tan villana presidenta.

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