La historia siempre ha tenido testigos que podríamos llamar «idiotas«: gente que pasaba por allí o que miró por la ventana en el momento justo. Podría llenar la columna de casos, pero prefiero contar el mío: yo estaba cuando nació el «No a la guerra».
Veo la fecha y me flojean las piernas: hace 23 añazos. Reviso las fotos y encuentro a un pamplinas flaco, con unas greñas intolerables, mirando a cámara con toda la ilusión del mundo. Le acababan de mandar a cubrir su primera gala de los Goya, en el madrileño Campo de las Naciones, cuando todavía lucía algo de aquel oropel efímero que nos hizo olvidar nuestra naturaleza intrínsecamente cutre.
Aquellos ojos miraban el mundo de una forma que no tardaría en estropearse. La primera impresión del edificio, novísimo y gigantesco, vino acompañada de la visión de actores más o menos conocidos repartiendo los ‘pins’: un rectángulo negro con una tipografía en rojo, pretendiendo simular un brochazo, y la leyenda en cuestión. Hace no tanto encontré el que me dieron, cubierto de polvo, con esa decoloración del negro que proporciona el paso de los años, a la espera de una mudanza que lo condene a descansar para siempre en el contenedor de basura.
Como eran mis primeros Goya, no fui del todo consciente de que lo que viví allí fue bastante excepcional. Un poco como cuando mi hermana fue a su primer festival de música y aquello terminó con coches ardiendo: pensó que siempre iba a ser así y quedó algo decepcionada cuando acudió al siguiente. El caso es que allí salió todo pichi metiendo caña al Gobierno (de, recordemos, José María Aznar) y celebrando la vida con bamboleos de mandíbula propios de un consumo quizá excesivo de alcaloides. De nuevo, recordemos, que todavía no se había extinguido el sueño; que ni siquiera imaginábamos lo que vendría después en forma de violencia terrorista, crisis económicas, división social y ruptura de paradigmas. Aquello fue uno de los pocos casos recientes en los que el mundo de la cultura acabó aportando algo tangible a los movimientos sociales. Aquel logo que repartían en forma de pin terminó convertido en pancartas que encabezaron manifestaciones y en coros que se repetían en ellas. Por haber, hubo hasta una canción que se marcó Luis Pastor y que ahora vuelve a mi memoria con su estribillo martilleando en la cabeza.
Ahora, al parecer, el Gobierno (en manos de otros) intenta revivir aquel lema con el objetivo evidente de evitar ser desalojado del poder. Pero ni el mundo es el mismo, ni la guerra se parece a aquella, ni siquiera nosotros somos ya los que estuvimos allí.