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Pura proteína

01/02/2026
 Actualizado a 01/02/2026
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Siempre me gustó la metáfora alimenticia para hablar de excelsitud. Cuando algo me encanta, es «crema». Ahora hay quien dice también lo de «solomillo» y pienso en que usé en algún texto lo de «pura proteína» para referirme a aquello de lo que no sobra nada.

Hoy nos preocupan las proteínas. Las contamos, las medimos, las fotografiamos. Aparecen en el envoltorio de productos que jamás habrían pasado por comida en la infancia, en yogures con tipografía de gimnasio y en barritas que prometen músculos donde sólo había culpa. La proteína se ha convertido en una especie de certificado moral: comes bien, luego existes. Comes mal, luego algo estás haciendo fatal con tu vida.

No es una obsesión nueva. Siempre hemos buscado el alimento esencial, la sustancia pura que justifique el esfuerzo. Antes fue el hierro, luego la fibra, ahora la proteína. Cambia el nombre, pero permanece la ansiedad: la idea de que hay algo que falta, algo que debemos incorporar para no quedarnos atrás. Como si el cuerpo fuese una empresa mal gestionada a la que hay que optimizar a base de suplementos.

Pienso entonces que esta manía dice más de nuestra época que de la nutrición. Queremos productos sin grasa, textos sin relleno, opiniones sin matices y vidas sin tiempos muertos. Todo concentrado, todo eficiente. Pura proteína. En la comida, en el periodismo, en las relaciones. Nos incomoda lo accesorio, lo lento, lo que no se puede medir en gramos por ración.

Y, sin embargo, casi todo lo que recuerdo con cariño estaba lleno de hidratos. De pan, de salsas espesas, de tardes largas en las que no pasaba nada salvo el tiempo. También de libros con páginas prescindibles, de conversaciones que se iban por las ramas y de ciudades que a determinadas horas parecen existir sólo para sí mismas, sin rendimiento alguno.

La proteína es necesaria, claro. Como lo es la precisión, el rigor o la claridad. El problema llega cuando convertimos esa necesidad en dogma y empezamos a despreciar lo que no encaja en la tabla nutricional del éxito. Cuando confundimos lo esencial con lo único. Cuando todo tiene que justificar su presencia con un porcentaje elevado en la etiqueta.

Tal vez por eso sigo creyendo que lo verdaderamente excelente no es lo que elimina todo lo superfluo, sino lo que sabe convivir con ello. Lo que admite un poco de grasa, de salsa, de digresión. Lo que no se avergüenza de ocupar espacio.

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