Los incendios y la ausencia de una normativa adaptada a la singularidad leonesa tuvieron consecuencias graves. Por ello, los leoneses debemos actuar o, de lo contrario, obtendremos los mismos resultados en el futuro. Urge reconocer nuestras características, detectar sus potencialidades en este momento histórico y elaborar una propuesta propia. Solo así se alcanza un estatus de sociedad desarrollada, rica, equilibrada.
León dispone de tres recursos intrínsecos: un territorio extenso (el séptimo de España), 1402 pueblos, que son propietarios del 40% del territorio (bienes comunales), y 3.000 kms de cauces fluviales (la mayor red del país) que orbitan en torno al tercer y cuarto ríos hispanos: el Sil y el Esla. Esa matriz de población, comunales, agua y suelo es una base necesaria para la planificación.
Dos tercios del territorio se cubre con montes: un recurso central, por tanto. Esos montes existen por el valor utilitario, económico al fin, que han tenido para los pueblos. En consecuencia, es incoherente un conservacionismo a ultranza. Los comunales han de preservar valores naturales en áreas concretas, pero en otras deben reforzar el económico. Frente al “no a todo” hay que decir sí, según y cómo convenga.
Todos los pueblos con comunales deberían dedicar una parte minoritaria de su superficie a la producción fotovoltaica y al autoconsumo. Supone ingresos anuales -dentro de rendimientos por hectárea supervisados- para la junta vecinal, y tiene que obligar al desmontaje al final de su vida útil, por el promotor y a su cargo, en contrato. Si aporta ingresos a los pueblos, además de en una fiesta patronal digna, se podrá invertir en la calidad residencial del casco urbano para atraer población y vecinos. También se puede cofinanciar una red de fibra óptica, el arreglo de fachadas en estilo tradicional, etc.
Los usos comunales sobre el monte, el río y los canales deben elevarse a la categoría de bien protegido y reconocido por ley. Tras la desastrosa experiencia con la Junta y las confederaciones hidrográficas en los 40 últimos años, debería recuperarse el control vecinal. Donde no queden pobladores, búsquense alternativas transitorias, pero no se puede seguir como ahora. Es posible que suponga una batalla legal, pero nada hay que perder, cuando todo se ha perdido.
Otro recurso a generalizar es la titulización y venta de bonos por la absorción de CO2 de montes y sembrados. La creación de rebaños remunerados que limpien los montes, los caminos y las cunetas es otra oportunidad. En definitiva, recuperar el sentido de esta herencia también es ponerla en valor: un imperativo económico y un fuero moral.