Tanto tiempo esperando el llamamiento de Sánchez a nuevas elecciones que me ha sobresaltado. Todavía no lo creo porque en la manga del gobierno caben muchas más fechorías; desde mentir y robar, a la eliminación frustrada de una juez. A quienes son capaces de esto, nada se les pone por delante. Por eso y por el trecho que queda hasta los comicios, me han asaltado muchas dudas. Dándole vueltas, da por pensar en los complejos días venideros. Pero antes de seguir, escuchar a Vivaldi.
Será en Brumario, como los jacobinos llamaron al próximo mes. Nombre que hace justicia a esta estación neblinosa y oscura.
«Monotonía de lluvia en los cristales», recordaba Machado desde su escuela. Como profesor de francés, posiblemente –en un irreal salto de tiempo– escucharía ‘Les feuilles morts’ de Yves Montand. Hojas sin valor, metáfora, de abandono y soledad. Desde siempre el otoño rezuma tristeza y pesar. Pero eso es otra cosa.
En tiempos remotos la vida parecía detenerse, el sol más tenue; en el verde tapiz los hongos remplazaba a las flores y el silencio se propagaba por toda la creación. En las cavernas, nuestros ancestros vivían la incertidumbre del regreso de la luz, la calor, y un plazo más de vida en primavera. La misma inquietud que por otros motivos, experimentamos los españoles.
En el huerto sólo una berza solitaria sobrevive y los gochos la miran, ajenos a su sacrificio mientras se ceban. También sobrevuela esta amenaza fatal –mientras esperamos al 25N– sobre las cabezas de la piara política que nos gobernaba pués como el vulgo sabe, «A todo cerdo le llega su sanmartín».
En nuestro León otoñal, abrimos con San Froilán y unas breves fiestas por un fraile legendario y enérgico que soportaría en compañía de su lobo, los rigores de Valdorria.
Pasada la fiesta retorna la murria. En el horizonte se divisa ya el Día de los Santos. Visitamos los cementerios, como jardines floridos, y recordamos a los finados –para bien o para mal–. En algunos países hispanos este día es fiesta solemne. Digo es, pero quizá ya no lo sea, arruinada por hordas de turistas que campan con sus telefonillos. Se abren las tumbas, se limpian los huesos, se reviven los recuerdos y novedades acaecidas en la sociedad y la familia.
En España, nos hemos vuelto bastante estúpidos –lo comprobaremos el 29N– y despojamos a los camposantos de rituales, de magia y de muertos. Las cenizas son sordas, no tienen memoria ni se pueden limpiar. Sólo quedan trámites, licencias y negocio.
«En los Santos nos vemos... o quizá antes. ¡Quién sabe!».
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