Yo era muy malo en velocidad. Cuando tocaba correr los 100 o 50 metros lisos hacía un ridículo espantoso. Era realmente penoso ver a un chaval generando semejante ridículo, así que no seguiré removiendo el doloroso pasado. Sin embargo, un día descubrí algo: después de la prueba de resistencia, de correr el kilómetro -que no se me daba tan mal, pero que sólo superaba de manera raspada-, uno de los rapaces buenos en el sprint me retó a una carrera. No sé por qué lo acepté y los dos nos quedamos flipados cuando le dejé atrás.
Mucho después empecé a sentir algo similar con las series, las películas y, sobre todo, los libros. Por ejemplo, después de empapuzarme ‘The Wire’, me tiré semanas hablando como un narcotraficante afroamericano, con el consiguiente ridículo. Pero lo mismo pasó cuando me tragué un ciclo Dreyer (recuerdos a Álvaro del Amo) y estuve un tiempo escribiendo sobre la presencia de Dios y haciendo bromas con que si por la noche me dejarían la puerta abierta de la alcoba.
Como se trata de consumos compulsivos, se entiende que estos tengan una huella. Lo que no es tan frecuente es lo que algunos hacemos: marcarnos la ‘integral’ de determinados autores. Así, un recorrido por las obras completas de Nabokov acaba llenando todo de manos pecaminosas, de concupiscencias y de túneles que se recorren para huir de imperios que caen, deteniéndose en la contemplación de pequeños detalles, como unos niños bañándose en una laguna cercana, visible a través de una hendidura. De igual forma, la saturación austral de Borges y Cortázar llena los textos propios de ‘ches’ y otras interjecciones ‘argentas’, se detiene en insondables abismos y se maravilla de los millones de universos que caben en un desván de una cuadra de una calle de nombre parecido a Corrientes.
En estos casos, la escritura funciona al principio por mímesis, y las lecturas producen copias más o menos logradas de las lecturas acumuladas. Luego, una vez superado el bochorno de leerse plagiando a los ídolos, llega la desvergüenza y el soltarse. La memoria muscular del medio fondo que comienza a funcionar en las distancias cortas.
No deja de ser el mismo proceso que la Inteligencia Artificial, sólo que mucho menos rápido: consumos voraces que terminan generando diversas formas de plagio. El problema (o el triunfo, según se mire) es cuando nos creemos mejores, más originales y creativos que la máquina. Cuando llegamos a pensar que hemos ganado al rápido de la clase por nosotros mismos y no por una circunstancia absurda.