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Pisadas en el cemento

14/09/2025
 Actualizado a 14/09/2025
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Como las aceras apenas se hacen ya con cemento, casi no se ven ya por la calle, pero de niño era habitual ir caminando de vuelta del colegio y encontrarte con huellas de perro o de gato estampadas en el suelo. Recuerdo especialmente las de Batalla de Clavijo, que de tanto ir y venir mirando al suelo las tenía localizadas, hitos en mi cuádruple travesía diaria.

Estaba la tentación de dejar tú las tuyas, como aquellos famosos que estampaban las manos y los zapatos en algún bulevar de Hollywood, y que salían siempre tan sonrientes mirando hacia las cámaras. Más de una vez lo pensé al pasar por un tramo de la calle que estaban arreglando: las tablas de madera para separar los tramos, una endeble estructura protectora con cuatro alambras y un cordel rodeando el cemento recién vertido y aplanado. Pero en este lado del teclado nunca hubo arrestos suficientes para el vandalismo.

Así que me quedaba contemplando y me imaginaba lo que pensarían los historiadores del futuro al ver la huella de mi zapato sobre la vía pública. Qué se imaginarían de mí, de mi estatura y mi peso, de lo rápido que podría caminar y hasta del tipo de vida que llevaría. Era ajeno, claro a que en el futuro las baldosas eliminarían cualquier rastro de ese tipo y, consecuentemente, la posibilidad de convertirme en una estrella para los arqueólogos venideros.

Así que me dedicaba a pensar en los mamíferos carnívoros que habían imprimido sus extremidades sobre la superficie que yo pisaba. Si tendrían dueño o si serían callejeros. Cuándo dejaron su marca y si seguirían vivos. Si se escaparon durante un despiste en un paseo y su propietario les grito: “¡No vayas por ahí, me cago en la leche!”, y luego les reñirían mientras les cogían la zarpa y se la limpiaban, cabreados. Me preocupaba también el hecho de que el cemento fresco se quedase irremediablemente adherido a las patas y sufriesen de algún tipo de problema al caminar. En cierta forma, jugaba a ser uno de esos paleontólogos que, a modo de detectives, se imaginaban cómo habían sido las criaturas que habían hollado la tierra hace millones de años. Por ejemplo, los dinosaurios. Más tarde sabría que las de éstos, fosilizadas, se llaman icnitas. Y que son una fuente valiosísima para conocer las costumbres de los reptiles prehistóricos.

Hoy, ya digo, apenas se encuentran pisadas de ésas en las ciudades. Todavía hay alguna en los pueblos. Y no falla: es verlas y que la imaginación vuelva a ser la de un niño fabulando historias.

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