No, por favor, otra campaña electoral no. Puede sonar extraño viniendo de alguien para quien la demoscopia es como el porno para otros. Precisamente por eso: hay un porcentaje de la población que ansiamos los resultados, estudiar los comportamientos electorales a partir de las circunscripciones, cruzar los votos con variables como la edad, sacar gráficas de colorines para tratar de entender un poco mejor a nuestros congéneres a través de las urnas.
Pero, ah, lo que viene antes. Qué soberano coñazo: los mítines, las entrevistas en los medios, las declaraciones en redes sociales. Las grotescas danzas del apareamiento en las que una ridícula parte de la población despliega sus plumas para intentar seducir a unas masas que o bien ya están seducidas de antemano o nunca podrán serlo.
Se repite que esta campaña va a ser especialmente bronca, que todo se plantea en tono agónico, que los ánimos están encendidos. Bah, ‘pamemes’, como decía el padre de ‘¡Adiós, Cordera!’. Lo del apocalipsis si no salen los nuestros está ya muy visto. Y la experiencia demuestra que, cuando han venido otros o se han quedado los que estaban, el mundo no se ha acabado. Sería muy ingenuo pensar que las decisiones de quienes gobiernan no tienen efectos sobre nuestra vida privada, pero la invocación constante a la devastación acaba perdiendo fuerza de tanto repetirse.
Hay, igualmente, quien sostiene que todo este ruido es en realidad una derivada tecnológica. Que el uso de la IA está amplificando determinados patrones que hasta ahora permanecían subterráneos. Futesas, como escribía Emilia Pardo Bazán. Pensar que existen estrategias capaces de conseguir que las masas introduzcan nuestra papeleta en la urna es como confiar en esos gurús que les dicen a los hombres que se puede ‘hackear’ la mente de las mujeres para enamorarlas y conseguir sexo con ellas. Estos estrategas de pacotilla que florecen aquí y allá no dejan de ser una versión moderna de los vendedores de crecepelo que convencen a los incautos (los partidos) de que pueden arañar el último diputado en tal provincia.
Lo cual lleva al último aspecto: nunca en la historia había tenido la clase política un nivel tan bajo como el actual. Una frase que resulta igual de correcta formulada hace cinco años como ahora, porque el proceso de degradación es tan pronunciado y constante que parpadeas y quien hace un instante era un estadista se convierte en un deficiente.
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