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Nueva dimensión

11/03/2026
 Actualizado a 11/03/2026
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La tarde era pesada y teñida por la cortina de lluvia primaveral. Más que por cualquier otra cosa, como respirar el aire limpio, Laura y Pablo prepararon al niño y decidieron dar un paseo para ver escaparates, negocios desaparecidos, pisos inalcanzables y luego, entrar a una cafetería. 

Pero Pablito estaba rabiado. Empezó con un bostezo, blabuceos y finalmente un llanto que fue «in crescendo» hasta convertirse en un gañido insoportable, justo en el momento en que estaban dispuestos a entrar en el bar.
«Anda Pablo, dale el chupete al niño, a ver si calla» -dijo la mamá-. Pero el nene, apenas mordida la silicona, la escupió con tal fuerza que fue a parar al centro de la calle. «Con qué ímpetus viene esta juventud»-dijo el padre, con orgullo-.

Los inexpertos papás hicieron cábalas. «Tendrá hambre», pero rechazó el biberón. «Tendrá gases», y le de dieron unas palmaditas en la barriguita pero no eructó. Finalmente el pestilente aroma que despedía les dió la respuesta: «Osti, se ha cagao». Pero con la rabieta de Pablito no se atravían a entrar a cambiarlo en el baño. La situación era tan insoportable que a pesar de la murga, entraron.

En esto andaban cuando sonó el movil de Pablo con una llamada interrumpida de inmediato, para obviar la voz de mujer que llegaba del otro lado de la línea.

El niño, viendo el aparato, sin saber lo que era, lo juzgó interesante y estiró sus bracitos hacia aquel telar que su padre intentaba esconder en el bolsillo de la gabardina. «Déjaselo, Pablo». «Puede que eso le entretenga». La criatura lo agarró con ansias, lo manoseó, lo chupó, lo sacudió y al poco, descubrió unos botones que naturalmente pulsó. El móvil se iluminó y una nueva dimensión se abrió.

Apenas Pablito cumplió diez años, ya era un experto en todo tipo de dispositivos y juegos on line con sus amigos y otros de dios sabe dónde y pasaba largas horas enfrascado en su habitación, su refugio.
La paz reinaba en casa hasta que cierto día, Pablo recibió una llamada de la empresa para comunicarle que iba a haber una serie de cambios que mejorarían considerablemente su labor. ¡Huy dios! Un reajuste de personal. Pero al llegar a la fábrica, el ambiente no le pareció tenso, y se tranquilizó. Sin embargo su despacho no era el mismo. Donde estaban la máquina de escribir y las cuartillas había una imprsora; sobre la mesa un ordenador; la pizarra con gráficos y cifras de los movientos, era un panel digital con un puntero láser.

Se sentó ante la mesa y estuvo toda la mañana, mano sobre mano, sin saber qué hacer. «De esta no salgo» -pensó- y a punto de traspasar la puerta de casa, todos se dieron cuenta de que algo malo le había sucedido.

Al día siguiente, cuando se disponía a ocupar su sillón, vio que los aparatos estaban configurados y en funcionamiento. Su sorpresa fue enorme cuando vio a su hijo ocupando su propio sillón. «Tranquilo papá». «Ya verás, como en un par de tardes te pongo al día».

El padre recordó emocionado el día en que el bebé le arrebató el móvil y se cuestionó qué hubiera pasado si la UE, la UNESCO, 
las Comunidades autónomas y demás organismos que siembran el desconcierto, hubieran restrigido el uso de los dispositivos a los adolescentes que, al menos a él, le habían salvado la vida.
 

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