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Notas privadas

10/08/2025
 Actualizado a 10/08/2025
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Las notas a uno mismo, ya se ha dicho, conforman uno de los géneros más interesantes de la escritura contemporánea. Muchas veces, cuando estos humildes escribas nos ponemos a juntar letras, lo hacemos pensando en ustedes, en que el mensaje llegue exacto, tal y como lo queremos transmitir, con la mayor claridad posible y con la intención, acaso banal, de masajearles un poco el cerebro y magrearnos, de paso, nuestro propio ego.

Pero cuando el emisor y el receptor es el mismo la cosa cambia. Ahí no hace falta esforzarse en la comunicabilidad. Las referencias son siempre conocidas, con lo cual podemos ahorrarnos las explicaciones. Están también las reglas mnemotécnicas, que nos ahorran tiempo cuando estamos con el móvil caminando por la calle y esquivando viandantes mientras tratamos de fijar una idea antes de que se nos olvide.

Y, por supuesto, están las bromas privadas. Cuántas veces no hemos caído en la tentación de compartir con el mundo una idea que considerábamos graciosísima y que finalmente sólo provoca incomprensión y bochorno. El humor con uno mismo es también un bello acto de amor, no tanto como el vicio de Onán, pero se le aproxima.

Pero también hay terrenos híbridos, como se dan precisamente entre esta casta de los humildes escribas. Antaño las crónicas periodísticas, permítase el viaje al pasado, se hacían con una libreta en la que se apuntaban unos cuantos conceptos que luego se hilaban y se dictaban por teléfono o se tecleaban posteriormente en una pantalla negra y verde. Con los ‘smartphones’ la cosa cambió radicalmente, aunque la base siguió siendo la misma: ir escribiendo en las notas del móvil impresiones diversas que luego se hilvanaban en el mismo teléfono o, posteriormente, en una computadora.

Ahí podían funcionar la mnemotecnia, las bromas privadas y las oscuras referencias, pero como paso previo al texto entendible por el siempre estimado lector. En cualquier caso, con la condición permanente de que no se hicieran públicas. Que fue, ay, lo que me sucedió en una ocasión que yo cubría un conocido festival barcelonés. Con la vorágine y las prisas, envié un texto sin borrar, al final del mismo, esas notas personales. El caso es que apareció publicado en internet, con esos ‘bullets’, que dicen ahora los de la comunicación política. Ahí había de todo, con muchas cosas incluso de dudosa legalidad. Y ahí permanecieron, largas horas, hasta que llamadas de preocupados amigos me advirtieron y se procedió a su eliminación. Una vez más, ‘desnudo’ y humillado en la plaza pública. 

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