david rubio

Nostalgia del patio de butacas

Periodista
27/09/2026
 Actualizado a 27/09/2026
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Llegaban tarde los estrenos, a veces meses o incluso años después de que las alfombras rojas se hubiesen iluminado en Broadway o la Gran Vía, pero en los viejos cines de provincias la emoción esperaba intacta. Las parejas paseaban por las calles principales saludando a los conocidos y, además de escaparates, contemplaban los carteles luminosos de los cines, las primeras ventanas a la imaginación que se abrieron ante sus ojos. La televisión no había llegado a todas las casas y la cartelería cobraba una importancia que hoy resulta imposible incluso de imaginar, sin los nervios del veredicto del público y de la crítica pero con la ilusión de los niños que descubren una nueva aventura. Los rostros de actores y actrices se empezaban a hacer familiares y en las colas de las taquillas un hormigueo recorría los estómagos, antes de entrar a un mundo desconocido en el que todo era tan posible como imposible. Sonaban los montones de monedas en los bolsillos de los acomodadores, sus linternas indiscretas, empezaban los anuncios, MooooviRecord, tintintin... En todos los pueblos cuentan de uno que fue por primera vez y no bajó el asiento del butacón. La magia del cine y la inocencia de un público que vivía en una dictadura pero era libre de la dictadura de las imágenes componen una ecuación que hoy es prácticamente imposible de explicar a las generaciones que tienen al alcance de mano, solo con mover un dedo, tantos millones de minutos de películas o series como para poder verlos durante el resto de sus vidas. 

Las primeras películas, las primeras visitas a los cines o los teatros, dejan una huella en la retina que traspasa la memoria. Todo el mundo recuerda dónde vio qué película y con quién. A veces, incluso, se recuerda más el cine y la compañía que la propia película, porque uno se siente, al fin, protagonista de su propio argumento, aunque éste consista en contemplar la ficción creada por otros. Los cines y los teatros de León, a los que se ha dedicado esta semana un fabuloso congreso dirigido por Jorge Martínez Montero y Francisco Balado, fueron parte de la historia de la provincia y fueron también fundamentales en la creación de una cultura común, en la educación sentimental de miles de leoneses que a través de lo que se tragaron sus ojos ante las pantallas descubrieron el miedo y el placer, la risa y el llanto, el deseo si es que lo permitía la autoridad, el poder de la historia y los héroes, vencedores o derrotados, que la protagonizaron. 

El que no tenía para pagar la entrada se contentaba con mirar el cartel, el que se lo podía permitir iba a la sesión continua. Colarse en una película prohibida fue durante años una obsesión recurrente para los púberes leoneses. Del congreso y el lujoso libro que se ha editado sobre él emanan, también, gran cantidad de recuerdos, no sólo de la industria del cine o de la ciudad, sino personales. Todo el mundo tiene ganas de contar la primera vez que pisó un cine, de la mano de sus padres o de los primeros amores, que ir a ver una película también fue siempre un recurso no sólo para luchar contra el aburrimiento, para hacer más soportable el domingo por la tarde, sino también para buscar una compañía especial con quien compartir la oscuridad. La miseria, los trenes y también los cines, que enseñaron a los leoneses el derecho a soñar con otros mundos, explican la emigración que ha marcado nuestra historia.

El pasado martes, los congresistas pudieron entrar al teatro Emperador, un buque varado en pleno centro de la ciudad que se ha convertido en una fascinante máquina del tiempo. Ese día se cumplían 75 años de su apertura. Había tanta emoción como en los estrenos de antaño. Se encendieron las luces y subieron las pulsaciones. Ya no hay anuncios en los escaparates del vestíbulo, pero se podía intuir el remolino de los visones y la nube humo, los saludos de antes, los comentarios de después, aquellos tiempos en los que los leoneses de repente entendían de zarzuela como ahora de repente entienden de brunch. Las lámparas de araña siguen desafiando la gravedad. Los escalones guardan las muescas de las alfombras que los aseñoraban. Fluyen recuerdos al caminar por aquellos pasillos, al colarse en los rancios palcos de las autoridades, al subir al ambigú de donde los remolones no volvían tras el descanso... Nostalgia del patio de butacas. Una chavalina emocionada reconocía que para ella el momento era muy especial por lo contrario: no había nacido cuando cerraron el Emperador y sentía que estaba parasitando recuerdos ajenos. La placa de Viggo Mortensen recuerda la última tarde de gloria. Un responsable del Inaem, ahora propietario del edificio, habla sobre la restauración. A los arquitectos, para no variar, se les ha calentado el Rotring, lo que dispara precios y plazos. Al final, el tipo reconoce que, como él es de Madrid, sería mejor que los leoneses compartieran sus recuerdos. Empezó el festín. Hay mucho para elegir: el abanico es tan amplio que puede ir de Juanito Valderrama a Goran Bregovic. Casi resucitan los aplausos. Pues aquí yo, pues yo una vez, pues yo me senté en esta butaca cuando... Dale.

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