Esa cosa que llamaron “debate público” ni es ya debate ni tampoco público. Unas pocas figuras políticas y económicas monopolizan el tráfico de mensajes, que se difunden con un doble fin claro: obtener el beneficio propio y el perjuicio ajeno.
Lo vemos en las (también mal llamadas) redes “sociales”, en las que el flujo de información sigue unas pautas determinadas por quienes las consideran el principal medio de influencia en la opinión pública. Pero también se aprecia en el resto de medios de comunicación, empezando por la televisión y sus derivados audiovisuales, que se han convertido en una cámara de resonancia de las anteriores.
Tampoco se le puede llamar “debate”, claro. Porque las mentiras repetidas a machamartillo, las palabras reiteradas para que se instalen en el discurso de la gente y, sobre todo, la descalificación constante alejan de la etimología de la palabra a los sujetos que participan en ese ring de lucha: Es decir, de esa raíz griega, ‘debattuĕre’, que hace referencia a la justa lid argumental entre iguales.
Se solía pensar que las peleas en Twitter, en Instagram o incluso en Whatsapp eran una válvula de escape que evitaría violencias reales, físicas. El asesinato del activista conservador Charlie Kirk ha demostrado que no es así. Que la violencia política ya no es una entelequia y que lo que uno manifiesta y/o consume a través de una pantalla dista mucho de resultar inocuo.
La muerte de Kirk ha traído también un curioso fenómeno. Durante un tiempo, la derecha enarboló la bandera de la libertad de expresión, con motivo del apogeo de la llamada ‘cultura de la cancelación’. Si alguien afirmaba que sólo existen dos sexos biológicos, la maquinaria de la izquierda posmoderna podía hacer que perdiese su trabajo y someterlo, además, a una humillación pública. Aquel delirio ha ido apagándose, afortunadamente. Sin embargo, asistimos a que las antiguas víctimas son ahora victimarios y emprenden cruzadas que tienen como objetivo el asesinato civil del contrario. Así ha sucedido con el cómico Jimmy Kimmel, que en su ‘late-night talk show’ en la cadena ABC bromeó sobre la muerte de Kirk y sobre la posibilidad de que el asesino tuviese algo que ver con el movimiento MAGA (acrónimo de “Make America Great Again”) que ha impulsado por el actual presidente estadounidense, Donald Trump.
Las amenazas de la administración Trump han terminado con Kimmel expulsado de la parrilla de la cadena y con un peligroso precedente: La ‘cultura de la cancelación’ es ya patrimonio de todas las ideologías. Y quienes intentamos debatir nos encontramos cada vez más perdidos en este mundo salvaje.