Leo en estas páginas, más concretamente en las que llevan la firma del tío Ful, que Nardi se jubiló y que El Olvido cerró. Buf, cuántas cosas de golpe.
Como rapaz criado en el Polígono (el Polígono X, para los de fuera), decir Nardi y decir El Olvido es como decir la vida misma. Sus ojos claros, su voz calmada y sus historias nos acompañaron a muchísimas personas en momentos importantes de la vida. En mi caso se da además la circunstancia de que comparto nombre con su hijo y, como tampoco somos tantos, eso hace que nos recordemos mejor.
Salvo alguna incursión veraniega en bicicleta, empecé a frecuentarlo en BUP, cuando nos dejaban salir de los Carmelitas en los recreos y nos íbamos a echar unos ‘futbolos’. Yo era malísimo, pero allí aprendí a defenderme para no hacer el ridículo en los más profesionales terrenos de los recreativos como Leotronic y Jaito. Me viene a la cabeza una escena concreta: Oscarín gritándome «¡Sentencia!» tras un pase milagroso del portero mientras en la tele estaba el ‘Van Gogh’ de Maurice Pialat, no sé si en el Plus o dónde, con Jacques Dutronc en la piel del pintor.
Luego tocó abandonar aquello, atraídos por los bares de Lancia, para volver cuando la vieja ‘La Crónica de León’ se mudó allí al lado, con el nombre de un periódico nacional adherido al suyo. La presencia entonces pasó a ser intensiva: el desayuno-pincho mañanero, la de antes de comer, alguna por la tarde y, sobre todo, la primera al salir del curro, en aquellas tardes de suave brisa que movía los árboles de la pista de patinaje de los bloques cuarentaypico.
(Se me metió algo en el ojo. Sigo). Nardi era también el anfitrión de las fiestas, homenajes, despedidas y bienvenidas. Allí le llevamos a cuantas criaturas llegaron por el camino, muchas de ellas ‘gestadas’ (literal y metafóricamente) entre las paredes de su bar, mientras él contaba aquella vez que vivió con un famoso cantante en Madrid o alguna otra aventurina. También fue testigo de algún amor furtivo cuyo secreto, en su habitual discreción, mantuvo a buen recaudo.
Por otra parte, resulta curioso que, de tanto repetirlo, no cayese en la cuenta del nombre del bar. En un momento en el que la memoria (más bien su ausencia) ocupa un lugar tan importante en mi vida, El Olvido provoca que se apelotonen los recuerdos.
Me meto en Google Maps y veo que siguen allí puestas las sombrillas, las mesas con las sillas y los toldos a rayas blancas. Si inclinas la vista se puede leer incluso: ‘Café Bar El Olvido’. Ojalá no llegue nunca una actualización que borre la imagen.