david rubio

Muerte en León

Periodista
29/01/2017
 Actualizado a 18/09/2019
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La actualidad leonesa se ha empeñado en hacer del periodismo un género policiaco. Los que se lamentaban porque sólo aparecíamos en los telediarios cuando se informaba de las temperaturas mínimas o de las carreteras con cadenas pueden comprobar ahora que, además de la cuna del parlamentarismo, somos también la cuna de los sucesos. Ante la indecisión de Friker Jiménez, que no termina de abrir corresponsalía en esta provincia pese a que le hemos servido la oportunidad nada menos que en SantoGrial, el que puede acabar abriendo aquí una oficina permanente es Pedro Piqueras, que ya está a punto de saludar a sus espectadores con un «escalofriantes buenas tardes». Hubo un tiempo en el que en este país los sucesos más escabrosos ocurrían siempre en Levante, desde parricidios a violaciones pasando por desapariciones y avistamientos de ovnis, hasta el punto de que cada vez que un meteorito atravesaba la atmósfera iba a dar siempre con una huerta de Alicante en la que estaba trabajando un jubilado en el momento decisivo. Paco Lobatón yNieves Herrero se tenían que desplazar frecuentemente a la zona para que sus caras de preocupación resultaran un poco más creíbles. Pero últimamente los leoneses parecemos dispuestos a quitarles el protagonismo en los programas más morbosos, como si tuviéramos algún interés en ser los que dicen«era un vecino muy normal» o «esto ya se veía venir» cuando llegan los periodistas a recoger testimonios después de la tragedia. No en vano, en la Audiencia Provincial, a lo largo del último año, hemos tenido que escuchar frases que, visto que no han tenido demasiado valor como testificaciones judiciales, quizá algún día puedan formar parte de monólogos humorísticos. El juicio por el crimen de Isabel Carrasco, magistral pero parcialmente contado por Justin Webster en el documental ‘Muerte en León’ (la incomprensible ausencia de la desaparición de Fermín Guerrero, puede que intrascendente pero sin duda relevante, en el minucioso relato que hace el director británico evita que se pueda considerar una obra maestra) fue una mina en este sentido. Ahí están, por ejemplo, «la volvería a matar pero lo haría bien», «yo no llamé al 112» y luego escuchamos todos su llamada al 112 o los tristemente famosos policías de Burgos diciendo que sí, que habían mentido a la jueza, pero que en realidad lo habían hecho para no entorpecer la investigación. Ha habido muchos otros gags en nuestros juicios, desde el hombre que se ‘cayó’ de un segundo piso del que dijeron que «era su forma habitual de salir de casa» o ese acusado del que estuvieron leyendo sus antecedentes penales durante cinco minutos hasta que su abogado concluyó con un «pero era buena persona». Y todo eso dentro de la Audiencia, porque fuera de ese edificio las crónicas periodísticas también se convierten necesariamente en novelas negras al ver enfrentarse a los diferentes clanes, dispuestos a pasar por encima de sus enemigos para quedarse con todo el negocio y cada día concentrar más poder y ganar más dinero. Me refiero, obviamente, a esta tensión previa a los congresos de los partidos políticos.

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