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Momentos del Rif

29/04/2026
 Actualizado a 29/04/2026
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Hace años, al llegar los calores, se desencadenaba una epidemia de cólera en el Rif. La causa pudiera ser que ante la sequía, se utilizaran aguas residuales para regar los huertos de los que nos llegan los tomates. No he vuelto a oir hablar de ello, lo que no quiere decir que no suceda lo mismo, porque la información cada vez está más sesgada. Aunque la cosa pudiera haber cambiado por la plantas de desalación del agua marina y potabilizacón, construídas por el gobierno de España.

Recuerdo que en el botiquín al que estaba destinado pasaban todo tipo de patologías. Incluso alguna tentativa de suicidio. Unas enfermedades reales, otras fingidas para salvarse de una guardia, unas maniobras, o de fregar perolas a la cocina.

Cuando llegué, los paisanos detectaron que había uno de León y me invitaron a hacer merienda-cena en el hogar del cuartel, con todo tipo de embutidos traídos desde allá. Por cortesía fui el primer día y no volví más. Primero, porque de los chorizos caseros desconfío; luego porque me resultaba muy aburrida la conversación sobre los pueblos de cada cual; también porque el mero hecho de ser leonés no te hace simpático y finalmente, porque me gustaba salir todas las tardes por la pintoresca ciudad, con su ciudadela, su puerto y sus mercados. Tomar unas cervezas ‘Africa Star’ en algún tugurio muy frecuentado por la soldadesca y los moros y de vez en cuando, pasar por los baños turcos. En estos un viejo moro escuchimizado te estiraba tanto la espalda y las articulaciones que al salir te parecía haber crecido un palmo.

En cuanto a los amigos, descartados los de León, uno era de Logroño y había ejercido como químico en Irak; otro era de Gandía y cuidaba jardines y piscinas en chalets; y el otro, un cuitado de Cabra, que había vivido toda la vida en Francia y se presentó pensando que se iba a librar. Pero le salió el tiro por la culata (nunca mejor dicho). Era tan simple, que no me extrañaría que al volver a Francia, le hubieran endiñado otra mili.

Por las tardes me gustaba pasear por la frontera que era un alambre de espinos. Al otro lado, un soldado moro con el que cambiaba alguna impresión. Me dijo que estaba allí con el único encargo de requisar la mercancía a las reatas de burros que se formaban a la caída del Sol. Aparte de otras cosas lo que transportaban eran botellas de Jhonnie Walker a mansalva. Alguien las bebería.

Casi nadie iba a la cena, que no era obligada, pero el cocinero –un moro que había servido en Regulares– era un gran chef y de vez en cuando, nos sorpendía con una marmita moruna u otras especialidades.

Todos los años, por esta época, acudía a la consulta cariacontecido y con las manos en la barriga. El médio le administraba unos comprimidos antidiarreicos, para no deshidratarse en caso de contraer el cólera y él, a hurtadillas, cogía un buen puñado del cajón.

Se protegería a si mismo, a su familia y a los que tuvieran la posibilidad –iba la vida en ello– de pagarle por los fármacos.

La picaresca no es exclusiva de España, aunque tengamos la máxima expresión.

¿Y por qué añoro esto? Pues, porque con la actual deriva en política exterior, estos teritorios pronto serán historia, como sucedió con el Sáhara Español, que fue la 53ª provincia de nuestro mapa.

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