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El mirlo blanco

25/02/2026
 Actualizado a 25/02/2026
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Sabemos que este tipo de pájaro no existe. Tampoco el Unicornio, ni Clavileño, ni el minotauro o el caballo blanco de Santiago. Tampoco sabemos acerca de lo que se dice del tamaño de los huevos del caballo de Espartero.  Son mitos que hacen más pintoresca la existencia. A diferencia del lenguaje plano que no sirve para hablar: sin metáforas, imaginación o epítetos. «Me queda la palabra» decía Alberti y lo cantaba Aguaviva.

Yo en mi infancia no fui precisamente un mirlo de esos y la inteligencia la empleaba para prepararlas pardas. Mi madre, empeñada en mi educación y mis relaciones con los niños de buenas familias -como la nuestra- se lamentaba porque me juntaba con los más golfos y de baja estofa que eran mucho más divertidos que los niños pijos.

Esta frustración materna la compensó gracias a una hija puntillosa, impecable, modosita y que, por ende sabía tocar el piano y bordar primorosamente. Sus amigas, la hija del notario, del banquero, el médico, el terrateniente o del jefe del silo. Mientras ella se divertía con la prez, nosotros ibamos al río, con la hez. Asaltábamos huertos, cazabamos pardales con la carabina, cortábamos el rabo a las lagartijas, sacábamos a los grillos meando en la hura, cogíamos los huevos de los nidos y de todo lo que se meneaba. De perros y gatos callejeros prefiero no hablar. Sólo decir que algunos acabaron en fondo del río. Las actividades habituales eran los juegos tradicionales como las canicas, las chapas, el trompo, las pelis, el burro, el haro y el imprescindible tirachinas pues, por unas razones u otras, las peleas a cantazos entre dos barrios o pandillas eran constantes.

Cuando se formaban los bandos por los cabecillas, se elegía a los más fuertes y audaces. Al final quedaban los peores y se hacían tratos diciendo: «Te cambio al gordo por el de gafas o al de gafas por la chica». Hoy no me reconozco.

Cuando llegaba a casa, mi madre se estremecía y me embadurnaba de mercromina, entre lamentos. Los pantalones rasgados, erosiones por todo el cuerpo y heridas, como si hubiera venido de la guerra de Indochina.

Una actividad clandestina era ir, con las mini novias, a las afueras del pueblo a fumar. Primero raíces secas, después unos pitillos de Chester o Bisonte, birlados a los padres y finalmente, comprando una cajetilla de Pipper, mentolado.

Asì, relacionádome con lo peor de lo peor, me vienen a la memoria los amigos del Presidente. Pero los míos eran valientes y nobles. La traición era algo impensable y no se volvía la espalda cuando uno era sorprendido in fraganti. Yo por mis tendencias hacia la picaresca, de haber coincidido con Pedro Sánchez en alguna ocasión, podría haber llegado a ser su amigo. Pero no. Ya no somos niños, a pesar de lo cual él sigue siendo tramposo, trolero y traidor; amigo de los terroristas, separatistas, yihadistas y puteros. No me veo en esa pomada, porque, en cuanto a maldad no le llego ni a la suela de su zapato.
 

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