La mejor frase que escuché esta semana es de mi amigo Pablo San José, de Villimer. Nos estábamos dando la razón sobre la mala baba de los que defienden la teoría de que las parejas que presumen de su amor en las redes están a punto de separarse y que si besas a tu pareja en público es porque alguna has preparado, cuando a Pablo le llegó súbitamente la inspiración y, sin darse importancia, sentenció: «Yo es que creo que dejé de ser romántico el día que cerraron el Trianón». Toma punto de inflexión. Florecieron entonces los recuerdos de aquellos tiempos en los que el edificio había dejado de ser cine pero aún conservaba cierta dignidad en forma de discoteca para imberbes, dignidad que luego empezó a perder como sala de juegos infantiles y que ahora ha quedado definitivamente arruinada con su conversión en gimnasio, a buen seguro que para imberbes hipertrofiados. Era la época en la que allí ya no se proyectaban películas pero en los reservados siempre había alguna escena subida de tono, el género del destape pero en versión leonesa y con acné, y en la puerta se repartían hostias como en los salones del salvaje Oeste (aquí, literal), la época en la que la conquista de la libertad se reducía, para los que entonces éramos adolescentes, a conseguir media hora más de permiso antes de regresar a casa, masticar un chicle en el ascensor para que tu aliento no tumbara a tu madre y luego intentar convencerla, cuando te encontraba de madrugada abrazado al wáter, de que no habías bebido nada pero te había sentado fatal una Coca-Cola que ya te había parecido sospechosa desde el primer momento porque no tenía burbujas que tenía que tener.
Sea media hora más de juerga, poder elegir a tus representantes, mostrar tu orientación sexual sin tener que pedir perdón, divorciarte sin tener que besarle la mano en público a nadie o no tener que cuadrarte ante los galones, la lucha por la libertad nunca es sencilla, pero la verdad es que resulta tan motivadora que es capaz de unir polos opuestos y hacer que se olvide todo lo demás. El problema llega con el uso que se le da después a esa libertad, más allá de que, como todo lo que se estrena, se tenga hiperbolizar en sus primeros tiempos, sino porque a veces el uso se convierte en abuso y, al final, en vez de libertad parece exactamente todo lo contrario. Cada uno la consigue lo mejor que puede y la malgasta lo mejor que sabe. En un imberbe se entiende que las primeras tardes de libertad se desperdicien con las más rocambolescas ambiciones, porque caben muchas vidas entre la represión y el estallido que produce sentir que todo es posible e imposible en la misma medida. En un país, también. Ahí están las excentricidades de la Movida o las películas de Pajares y Esteso para demostrarlo. Pero cuando se cumplen los cincuenta, seguir tomándose algunas de esas licencias que trae a un imberbe la libertad y a un país la democracia son evidentes síntomas de que no se ha madurado debidamente.
Entre los imberbes de hoy aumenta la simpatía por la dictadura, algo que aquí va más allá de estar en contra de todo lo inmediatamente anterior que ha caracterizado a todas las generaciones a lo largo y ancho del mundo y de la Historia. La semana en la que se cumplían 50 años de la muerte de Francisco Franco (celebración decían los medios de izquierdas, conmemoración los de derechas) empezó con esa preocupación por la radicalización política de los jóvenes, esa manida frase de que «un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla», pero terminó con una preocupación mayor por la radicalización de algunos jueces, que sí conocen la historia pero es evidente que les despierta evidente nostalgia y, sin dudas y sin complejos, la quieren repetir. El tiempo no debe de pasar a la misma velocidad por los juzgados que por las discotecas.
El abuso de la democracia por parte de los dos grandes partidos ha derivado en el crecimiento exponencial de los que, sin asumir prácticamente nunca el poder ni sus consecuencias, se dedican a señalar los defectos del sistema y los excesos de los que hasta ahora han mandado, la política acusica que abusa de la democracia a su manera en forma de pactos y rompecabezas en los que un voto puede valer tanto como un ciento. En los ángulos muertos que no parecen importar demasiado para cómputos generales, como es el caso de la provincia de León, los regionalismos contienen la peligrosa propagación de la extrema derecha, capaz de convencer con mensajes incendiarios a los que van a resultar más perjudicados por sus políticas de que, en realidad, son sus salvadores. Ante un cóctel tan peligroso, nos quedaría únicamente la esperanza de la justicia como garantía de que la democracia sí ha sabido madurar en determinados despachos, pero esta semana hemos podido comprobar que en los juzgados, desde los de primera instancia hasta los del Supremo, las ventanas han estado cerradas este último medio siglo. Huele a rancio, a ayer por la noche, como en la habitación de un imberbe. No sólo tiene que ver con el juicio al Fiscal General del Estado, del que todo el mundo parece tener una opinión fundada y clarividente, incluida por supuesto nuestra clase política, sino que la imagen de la justicia, por aquí, resulta mucho más obscena en el caso de la muerte de seis mineros leoneses a cuyas familias les han dicho esta semana, doce años después, que la culpa del accidente fue suya, por ser mineros. Algo sobre lo que, en cambio, toda nuestra clase política calla. No hay chicle que disimule ese aliento.