En Madrid los poetas se han lanzado a las calles y, al cruzar por un paso de cebra, te puedes encontrar con un «mi más sentido bésame» o un «te comería a versos» (también con cursilerías del empalagoso Leiva del tipo: «Vuelan palabras lentas, hacen manitas bajo la ciudad»). Aquí, en vez de a las calles, los poetas leoneses se han lanzado a la plaza. Son más de 10.000 firmas, encabezadas por las de ilustres autores, las que exigen que no se realicen obras de reforma en la Plaza del Grano, tan fascinante y por lo general tan solitaria, sin duda la más hermosa de la ciudad, como deteriorada. Desconozco cuántos de estos 10.000 leoneses, antes de rubricar o ‘clickar’ su apoyo a la plataforma de salvadores del patrimonio, se han tomado la molestia de leer el proyecto de reforma, que, por cierto, y a pesar de su carácter técnico, resulta mucho más sencillo (y me atrevería a decir que hasta mucho más ameno) que las cartas que nuestro Premio Cervantes Antonio Gamoneda le dedica al alcalde sobre el tema. La enésima batalla por nuestro patrimonio histórico y sentimental se ha intensificado con el inicio de las catas arqueológicas, que más bien parecen catas de la opinión pública, porque da la sensación de que no se trata de saber por dónde hubo muros o dónde se hicieron enterramientos, sino que en realidad se pretende catar la intensidad del ‘Efecto Mariposa’ en versión leonesa: el movimiento de una piedra en la Plaza del Grano puede provocar un huracán en las redes sociales. El temor de los leoneses al resultado de las obras resulta comprensible, pues sobran en nuestro entorno evidencias de las chapuzas que suelen salir como resultado de combinar los egos de concejales, arqueólogos y arquitectos, pero la Plaza del Grano necesita con urgencia una intervención que acabe con la imagen de abandono, mejore la accesibilidad y garantice su conservación. En ese mismo escenario se produjo hace años otra revuelta contra la obra de la que ya entonces era la única casa de viejos soportales de toda la plaza, revuelta de la que nadie hoy se acuerda porque quedó silenciada en cuanto se pudo ver que el resultado de la obra había respetado y mejorado la imagen de la plaza.Bien es cierto que, a muy pocos metros, hay una obra paralizada por la que no han rendido cuentas ni promotores ni responsables políticos. Ahora, entusiastas de nuestras señas de identidad se llevan de recuerdo cantos del empedrado medieval a su casa, y supongo que así se sentirán mucho más leoneses. De modo que el control de los ciudadanos sobre el paisaje al que dan vida se antoja imprescindible, pero parece que algunos se confunden de trinchera o la ven donde no la hay, porque ese proyecto de reforma es respetuoso y necesario. Llama la atención la capacidad de reivindicación de esta tierra, siempre retardada, a menudo desorientada, por lo general contundente. Dos ejemplos: el colapso de nuestras Urgencias por la epidemia de gripe levanta protestas... en los bares, porque donde salen a la calle 15.000 personas a exigir una sanidad pública digna, con motivos idénticos a los que podría argumentar los leoneses, es en Salamanca; este verano visité varios pueblos en los que, durante los últimos años, han cerrado escuelas y consultorios médicos y reducido frecuencias del transporte público con total resignación por parte de sus habitantes, pero en los que, al fin, había llegado la unión vecinal: para solicitar una Pokeparada.
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