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Lo más parecido al infierno en la tierra

28/01/2024
 Actualizado a 28/01/2024
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Lo más parecido que he visto al infierno en la tierra es una concentración de tunning en la que imberbes taladrados comparaban la potencia de sus altavoces y la explosividad de sus novias neumáticas. O no: lo más parecido que he visto al infierno en la tierra es el MediaMarkt en hora punta, con todas las televisiones y todos los secadores sonando al mismo tiempo y aparatos que no sé para qué valen pero siento que necesito. Lo más parecido que he visto al infierno en la tierra es un bar de pueblo a la hora del vermú de un domingo de verano con señoras que al segundo mosto parecen incorporar su propio autotune y cuñados que exigen trato y tapa con la misma calidad que si estuvieran veraneando en Puerto Banús. Lo más parecido que he visto al infierno en la tierra es un mitin de Vox. Lo más parecido que he visto al infierno en la tierra es una sala especializada en cumpleaños infantiles en la que gritan mil niños a la vez y tienes que evitar que el tuyo se esnuque mientras en vano intentas dar conversación a padres que no la tienen. Lo más parecido que he visto al infierno en la tierra es una reunión de personas que a cada adjetivo que se les ocurre dicen «no, lo siguiente». Lo más parecido que he visto al infierno en la tierra es un cónclave de periodistas haciéndose los listos que van sonriendo a cada uno que llega y criticando a cada uno que se va. Lo más parecido que he visto al infierno en la tierra es la habitación del que vivía a mi lado en el colegio mayor. Lo más parecido que he visto al infierno en la tierra es un concierto de Melendi acompañado por el guitarrista de Amaral. Lo más parecido que he visto al infierno en la tierra es el día de las peñas. 

Definitivamente, después de valorar todas las opciones, lo más parecido que he visto al infierno en la tierra es Ifema y todas las ferias que allí se celebran. Cada kilómetro paseado por esa moqueta debería convalidar por al menos una etapa del Camino de Santiago. A los diez minutos de entrar, la sobredosis de estímulos te aturulla de tal modo que ya no sabes si estás en una feria de turismo internacional, de teléfonos móviles, de arte contemporáneo o de gafas imposibles para creativos desatados. Sólo los coleccionistas de folletos encontrarán allí su particular nirvana. El metro cuadrado de expositor cuesta por un fin de semana más que un piso de protección oficial y, luego, ya se sabe, no suele haber término medio: los resabidillos de guardia abandonan por un momento sus críticas gastronómicas o futboleras para desarrollar súbitamente un profundo conocimiento sobre el diseño de los stands, de modo que opinan en voz alta sobre si éste resulta demasiado cutre o aquél demasiado ostentoso. La gente entiende de todo. Lo de stand es sólo el principio, porque para integrarse hay que decir muchas más palabras en inglés. Si la moqueta te vence, no te pares a descansar: tienes que hacer un break. Es sorprendente la cantidad de destinos «únicos» y «de calidad» que se reparten a lo largo y ancho del mundo aunque, la verdad, lo más sorprendente sería encontrar a alguien que conociera a alguien que tuviese un primo que era vecino de un tipo que una vez, realmente, decidió el destino de sus vacaciones después de una visita a Fitur.

Como casi todas las fórmulas de éxito, el negocio de esta feria reside en brindar al cliente la oportunidad de compararse, medirse el stand unos a otros, y en ello juegan un papel determinante no sólo las potentes compañías que se dedican al sector, sino también y sobre todo la clase política, entre la que se ha conseguido despertar la sensación de que uno no puede faltar y tiene que meter codo para salir en las fotos. Y, claro, pagar después con pólvora del rey. Ahora que el turista ya sabe exactamente antes de salir de su casa a qué hora va a llegar a dónde, ya ha visto la cama en la que va a dormir y los paisajes en los que se va a fotografiar, lo que va a comer y lo que va a beber, intentar promocionar un destino, por fascinante que sea, entre el aluvión de ofertas de Fitur es casi tan mala idea como presentar un libro en la feria del libro: nadie lo recordará diez minutos después. Sobre el tiempo que pierden nuestros políticos y sus séquitos en caminar por esa moqueta cabría otro debate, porque no está del todo claro que lo fueran a aprovechar  mejor en otra parte, pero lo que sí resulta evidente es que algunos casos recuerdan a esos premios que lo son para quien los da más que para el premiado, y en Fitur, Intur y otras grandilocuentes ferias parece que, más que promocionar destinos, en realidad se están promocionando únicamente a sí mismos. 

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