david rubio

Luego, no os quejéis

Periodista
20/12/2015
 Actualizado a 18/09/2019
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Esta campaña electoral ha llegado a deformar de tal modo la realidad que te ves en medio de conversaciones sobre si las nuevas gafas de Mariano Rajoy son más o menos bonitas que las antiguas. El volumen de la desinformación colapsa los discos duros de la memoria nacional y, a estas alturas, el motivo por el que se las tuvo que cambiar nos queda ya demasiados teras atrás, así como su gloriosa frase en el mitin posterior: «Estoy en mi mejor momento». Se propaga el virus de los indecisos que se preguntan lo que verdaderamente es decente y lo que es indecente, la gente que al escoger papeleta se siente como pasa últimamente con el mando a distancia de la televisión entre las manos: hay más canales, pero menos que ver. Hoy, al acercarse a la urna, masticarán esa horrible sensación, esa única certeza, de que van a meter la pata sin poder hacer nada por evitarlo. En estas elecciones, España se divide más que nunca entre los que tienen claro lo que quieren y los que sólo tienen miedo a arrepentirse. Estos últimos son los que pierden el tiempo en leer los programas electorales y nunca acuden a los mítines para aplaudir cuando les mandan. ¿De dónde sale toda esa gente que va a los mítines? Podría haber sacado mis propias conclusiones si mi tierra hubiese acogido alguno y hubiese podido ver quiénes de mis paisanos agitaban banderas y jadeaban a los líderes, pero esta vez, por aquí, no ha pasado en campaña ninguno de los candidatos a Moncloa, de modo que entiendo que en los mítines puede haber una parte de convencidos desinteresados, acaso una mitad de la concurrencia, y que el resto son los que de un modo u otro se sienten en deuda con el partido que convoca, por motivos que no pueden confesar y mucho menos en campaña electoral, cuando se puede convertir en escándalo cualquier detalle sin aparente interés como un empleo adjudicado a dedo en el ayuntamiento de turno. Lejos de los grandes focos de interés, lejos de los grandes líderes, la distancia genera aún mayor desconcierto y aumenta exponencialmente el número de indecisos. Ocurre en provincias como León y ocurre también en provincias como Ciudad Real. Allí, al alcalde socialista de Torre de Juan Abad, el pueblo donde Quevedo escribió algunas de sus mejores obras, le dio un peligroso arrebato de sinceridad y confesó públicamente que todos los trabajadores del ayuntamiento habían entrado a dedo desde que en 1942 su padre consiguió un empleo municipal por haber sido combatiente en la Guerra Civil. Alguno ya temía que defendiese la corrupción como parte de la tradición local, que es así como acaban instalándose en la identidad colectiva cosas como el Toro de la Vega o los santos griales. Pero no. El alcalde se comprometió a cambiar, convocar oposiciones y bolsas de empleo para que el proceso de selección se ajustase a partir de ahora a la ley. Concluyó su intervención con una frase que, además de resumir mejor que cualquier eslogan lo que verdaderamente es este país, taladra a estas horas las mentes de los indecisos: «Luego, no os quejéis».

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