dario-prieto.jpg

Luces de ciudad

23/11/2025
 Actualizado a 23/11/2025
Guardar

Frente a la tendencia a la uniformidad global, creo detectar aún pequeñas peculiaridades (tal vez sólo sean paranoias mías) en la iluminación nocturna de las ciudades. Lo más probable es que cuatro empresas se repartan el alumbrado de todo el país, con las mismas bombillas, las mismas farolas y los mismos sistemas de encendido, para ahorrar costes. Tal vez hasta todo se lleve en un mismo despacho, controlado por el mismo proceso automatizado en el mismo ordenador o, en el peor de los casos, por el mismo pringado pegado a un terminal obsoleto. Aunque fuera así, hay pequeños factores que terminan modificando la luz nocturna: la altitud, la humedad del aire, la proximidad al mar, la contaminación…

Todo esto para decir que León tiene una iluminación especial. Se percibe mejor las noches entre semana, cuando flota una sensación de irrealidad, como de película, por no encontrarte a nadie por las calles. Ni siquiera un coche. Tan sólo los barrenderos rompen el ensueño y deshacen la escena de ciudad abandonada apresuradamente por una alerta nuclear.

Entonces recuerdo escenas parecidas cuando yo llegaba a altísimas horas de la madrugada en el Fernández Res, debido a mi incompetencia para organizarme. Caminando como mi macuto entre el alumbrado urbano pensaba en la bronca que me caería por despertar a mi familia a esas horas, por la vida desordenada, y también por lo feliz que era.

Un recuerdo lleva a otro y entonces aparecen aquellas veces en las que llegaba de Madrid, aunque sin avisar. Ni siquiera comunicar mi estancia aquí. Es decir, a casa de la novia y a disfrutar de León sin caras largas por llegar de noche a las tantas, sin rutinas hogareñas y sin dar explicaciones de ningún tipo. Estaba bien aquello: un adulto joven aparcando por un momento las dinámicas infantiles en la ciudad en la que, en otras circunstancias, seguía siendo un crío para sus padres.

Aquello, claro, requería secretismo. Tampoco es que me fuera a encontrar a la mujer que me trajo al mundo en el Place, el Local o alguno otro de los espacios en los que invertía la mayor parte de mis escapadas. Pero había que intentar evitar lo que, por otro lado era inevitable. Y así sucedió finalmente. Caminaba un día con mi rapaza por Santa Nonia cuando la vi, bastante lejos, pero inconfundible: la madre que me parió, nunca mejor dicho. Eché cuerpo a tierra de inmediato hasta meterme prácticamente en los bajos de un Renault Fuego, mientras tiraba del pantalón de mi amada para que dejase de chillar –«¿Pero qué haces?»– y explicarle la situación. Creo que la Ma no me vio, pero mientras tuvo capacidad para acordarse tampoco le pregunté si llegó a enterarse de que fui un turista en mi propia ciudad.

Lo más leído