Quien más, quien menos, todo León recibió con alegría la concesión del Premio Nacional de Narrativa a Julio Llamazares. En el lado de los que más, estamos los que crecimos con sus novelas, sobre todo ‘La lluvia amarilla’, que es algo así como el mapa definitivo para quienes sentimos que estamos aquí para contar cosas y relatar historias.
Más todavía quienes nos criamos en la montaña y conocemos los espacios en los que transcurre ‘Luna de lobos’, los que escuchamos las historias del maquis, de los escondrijos, las huidas y los refugios. Los hermanos que se mataron y los que se auxiliaron por encima de una realidad violenta.
Y, sobre todo, celebramos el premio quienes vivimos, por una u otra circunstancia, atravesados por la memoria y el olvido. Llamazares es como esos escribas que dejaron constancia del último león de Grecia: alguien que, a través de las palabras, salva un mundo condenado a la extinción. ‘El viaje de mi padre’ es, en ese sentido, un ejercicio perfecto del arte de recordar, aquello que nos llevó a los humanos a ser quienes somos.
Podríamos seguir diciendo que Llamazares es uno de los referentes para quienes amamos esta tierra leonesa, siempre presente en su obra. Un escritor cosmopolita capaz de hurgar en las entrañas de la gran ciudad, pero que nunca abandona los lugares que le hicieron ser quien es. Lejos de la defensa palurda de “lo mío”, el amor por la tierra de ‘Escenas del cine mudo’ es auténtico, alejado igualmente de esta fiebre neorrural que le dice a las paisaninas lo que tienen que pensar, en lugar de escuchar lo que cuentan.
Recuerdo cómo me llamó la atención encontrármelo hace unos años en un concierto de David Byrne en Madrid. Se lo conté a la persona con la que iba y me dijo: “Claro, ¿qué esperabas?”. Pues sí, esa mirada global lo emparenta con los grandes visionarios, le terminé contando a David cuando le comenté que había visto a su tío mientras sonaba ‘Life During Wartime’. De ahí su capacidad aruspicina para avanzar, antes que nadie, lo que iba a terminar siendo la ‘España vaciada’. Un abandono que es también el de la palabra, pues en el momento en el que desaparecen de la conversación las vidas de quienes habitan en los márgenes, se evaporan todavía más. El recuerdo es, en ese caso, la única forma de que sigan vivas. Y en ese sentido Julio Llamazares ha sido como un Félix Rodríguez de la Fuente de las palabras, empeñado en que sigan entre nosotros vivencias e historias que la máquina de la modernidad pretende aplastar.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.