Me miró y la miré./ Sonrió y le sonreí./ Y yo la invité a bailar/ y ella me dijo que sí». Lejos, muy lejos, a 817 kilómetros de aquí, en la playa granadina de Salobreña, actuó anteanoche Omega El Fuerte. El cantante dominicano participó en el festival Infierno, que organiza anualmente Yung Beef y que en esta edición llenó el cartel de leyendas del ‘trap’ y sus derivados: Pxxr Gvng, Cecilio G, Ben Yart y el estadounidense Gucci Mane, el gran referente mundial del rollo, que se tatuó un helado de tres bolas en la cara, inaugurando así una tendencia que luego imitaron sus seguidores. Si ven ustedes a un joven de mirada perdida y refrescante postre incrustado en el jeto, es, en efecto, un discípulo de Gucci.
Pero no quiero aquí hablar del rapero de Atlanta, sino del merenguero urbano de Santo Domingo. ‘Me miró y la miré’, que es como se conoce popularmente a la canción ‘Pegao’, se hizo viral hace unos años como música de acompañamiento musical de vídeos en TikTok e Instagram. Tiene algo de pereza lánguida, de baile arrastrando los pies en una discoteca a punto de cerrar. A mí me hace mucha gracia cómo la canta Omega, tan alejado del frenesí agresivo que parece mover buena parte de la música actual.
Sin embargo, más allá de esa circunstancia, lo que me interesa del tema es que me sirve, a modo de minúscula piedra de Rosetta mental, para escapar del laísmo, leísmo y loísmo que me acompañan desde hace muchísimos años, igual que a muchos otros leoneses. Cuando empecé en este oficio, las grandes redacciones todavía tenían correctores: becarios que se dedicaban a leer el periódico entero y a rodear con un boli rojo erratas, incongruencias y otros desaguisados. Era también la vía de acceso para los redactores en prácticas, pero las estrecheces por la crisis de los medios y el florecimiento de los másters como entrada en ese mundo laboral terminaron por hacer desaparecer esa figura. Durante bastante tiempo hubo que arreglárselas por cuenta propia, hasta que la llegada de la IA devolvió, automatizado, aquel trabajo de vigilancia lingüística. Ese periodo intermedio fue un poco como aquello que decía Flaubert: “Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”.
En aquellos años de intemperie probé de todo. Lo de hacer complejas operaciones mentales, pasar frases a pasiva y comprobar si el pronombre sobrevivía para averiguar si era complemento directo o indirecto. Nada. Imposible. El gen leonés acababa imponiéndose siempre. Pero aquellos versos de merengue, en cambio, me salvaron en más de una ocasión del bochorno. Gracias, Don Omega.
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