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La voz de Letizia

Periodista
31/05/2015
 Actualizado a 14/09/2019
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Desde que dejó de presentar el Telediario no he podido volver a escuchar la voz de Letizia. Cada vez que aparece en la televisión y coge aire para hablar hay alguien a mi lado, esté donde esté, que me recuerda lo famélica que está, el tamaño de los tacones sobre los que se eleva, todas las operaciones que se ha hecho y todas las que aún se debería hacer. Sobre lo que dice su ahora Majestad en los viajes oficiales o en esos actos benéficos encajados con calzador en su agenda y en su carácter, nada he podido saber.Es algo que pasaba antes, cuando José Antonio Maldonado era el hombre del tiempo y sobre el mapa de soles y nubes a nadie le parecía interesar si venían borrascas o anticiclones, porque todo el mundo opinaba si ese día estaba borracho o no estaba borracho y te impedía enterarte del pronóstico meteorológico.Puestos a opinar, la verdad es que en su caso eran más los días de borrascas que los de anticiclones. En cualquier caso, la voz de Letizia sonaba dulce y creíble durante aquel tiempo en el que Urdaci decidió que la pagásemos entre todos el máster, y no es que la eche de menos pero resulta complicado no sólo escuchar a Letizia sino escuchar a cualquiera en general. En este país, lo dijo hace años uno de los grandes escritores españoles y segundo mejor escritor de su familia en el título de uno de sus libros, ‘Nadie escucha’. La arrogancia que esta semana Juan Vicente Herrera diagnosticó como principal enfermedad de su partido se empieza manifestando con episodios puntuales de sordera selectiva. Aquí todo el mundo tiene la constante necesidad de reafirmarse, supongo que como consecuencia de sus complejos. La gente no compra periódicos para informarse sino para que le den la razón, algo que sería comprensible en el caso del fútbol pero que resulta muy preocupante en cuestiones políticas y económicas.En eso no pueden decir que cambien los partidos llamados emergentes, que tienen bien ajustados sus altavoces para que sus simpatizantes puedan vivir en el bucle de darse eternamente la razón a sí mismos. Si algo dictaron las pasadas elecciones fue la necesidad de escuchar, de ponerse en el lugar del otro, de intentar entender sus argumentos antes de lanzar en tromba los tuyos.Se podría pensar que parten con ventaja los que llevan más tiempo escuchando, bien es cierto que porque no les ha quedado otro remedio, pero tantos años de silencio parecen haberles dejado también sin ganas de escuchar más que a sí mismos. A muchos candidatos no les vaa quedar más remedio que hacer estos días un cursillo acelerado de aprender a escuchar. En algunos casosse barrunta una tarea complicada, son completamente primerizos. Les diré por dónde se empieza: callad un poco, por favor.

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