Si te adentras a leer estas líneas quiero pensar que a menudo te adentras también en el resto de las páginas de este periódico. Habrás visto entonces que de los titulares, las columnas y las fotografías desborda la mayoría de los días la ilusión de quienes lo hacemos, unos días con más acierto que otros. Cualquier cata, a cualquier hora, puede ser lo suficientemente significativa como para hacerse una idea. Ayer, por ejemplo, había una corresponsal sin dormir en la boca de la mina para contar hoy cómo se vive el encierro de cuatro mineros desde fuera, cómo es su contacto diario con el mundo exterior y su desesperación ante la evidencia de que su gesta va a quedar sin premio. A la misma hora, el gran cronista de lo que los demás no vemos aprovechaba los huecos que habían dejado en el tendido los figurones para escribir un delicioso relato de la versión leonesa de la fiesta española durante la fragmentación de Europa. Otro repasaba en la redacción los números de las exportaciones de la provincia y le buscaba un nuevo destino a las toneladas de pizarra que hasta ahora viajaban de La Cabrera alReino Unido... y a los leoneses que estaban aprendiendo inglés para seguir el camino de muchos de sus paisanos que encontraron en aquella isla las oportunidades que su tierra les negaba. En el Bierzo, un redactor enamorado de los videojuegos tenía la sensación de que en su trabajo seguía machacando el Joystick, porque le tocaba lidiar con fantasmas en el Ayuntamiento y sortear dinosaurios por las calles. Otro contador (¿o Contador?) paseaba con la bici para que se le pasara el enfado porque no le toca currar hoy, jornada electoral, y, como paliativo, decidía invertir su día de descanso en hacer un reportaje para el que paradójicamente no encuentra tiempo si tiene que trabajar. Había también voces, claro, no todo iban a ser palmadas en la espalda y heroicos sacrificios de no mirar por las vidas propias a cambio de contar historias colectivas. Este oficio concentra todo lo bueno y todo lo malo de la vida, la trampa de una vida cómoda, así, a pelo, sin tiempo para digerir ni lo uno ni lo otro. Había voces, y más que voces, porque al fotógrafo le habían pasado un listado de las fotografías que tenía que hacer durante la fiestas locales con un leve error espacio-temporal que al principio resultó inapreciable pero que, como era de esperar, terminó por hacerle estallar y al resto nos hizo temer por la onda expansiva: le habían dado el programa del año pasado. Pasó tres días sin ser capaz de encajar carpas, ferias, desfiles y conciertos con lo que aparecía en sus previsiones, supongo que pensando que el orden de los factores no altera el resultado. Lo bueno que tiene vivir en el bucle leonés es que tampoco nadie te mira tan raro aunque llegues a los sitios con un año de retraso. Puede llover o hacer sol, puede brotar con más o menos ganas la primavera, pero siguen estando ahí los mismos capullos. Cuando el fotógrafo logra salir de los pozos del tiempo y cree haber vuelto a 2016, ¿cómo le puedo convencer yo de que hoy por la mañana tiene que ir a hacer fotos de candidatos votando y por la noche de candidatos festejando? A ver si me lee.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.