david rubio

La soberbia del sol

Periodista
24/01/2016
 Actualizado a 09/09/2019
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En el juicio más mediático de esta semana, hemos sabido que Vladimir Putin ordenó que le echaran polonio en el té a un ex espía que se había refugiado en Londres. Si se hubiese quedado en Rusia, probablemente le hubiesen echado polonio en el vodka, y si hubiera venido al Bierzo se lo hubieran echado en el botillo, porque los tentáculos de la antigua KGB llegan incluso hasta Ancares. A estas horas, John Le Carré aún no ha denunciado al presidente ruso por plagio, ni tampoco Arturo Pérez-Reverte ha denunciado a El Chapo Guzmán por pasar de inspirador a intérprete de uno de sus personajes. Si la realidad sigue empeñándose en imitar a la ficción, acabaremos todos pegándole tiros al sol por amanecer con esa soberbia, como el sargento de la Guardia Civil en ‘Amanece que no es poco’. En León, en el juicio por el crimen de Isabel Carrasco, también todo el mundo tiene la sensación de ir cumpliendo escena por escena un guión cinematográfico, un episodio de ‘CSI Provincias’. Hasta los escenarios parecen elegidos por un localizador. A pesar de que fue a plena luz del día (la luz del día siempre es plena en los juicios, aunque Saza dejara el sol como un colador), a muchos les parecía un crimen casi perfecto, especialmente por el hecho de que el paso del tiempo iba a aumentar exponencialmente el número de sospechosos. Pero no contaron con las características propias del terreno: en León levantas una piedra y aparece un jubilado. Pasa algo así como en Marruecos, donde, aunque te creas solitario en la playa o en el desierto, si observas bien siempre hay alguien en mitad del paisaje haciendo la nada. Aquí en vez de cámaras de videovigilancia tenemos jubilados, por eso un policía retirado era el testigo clave del caso. Sin embargo, los jubilados tienen demasiado tiempo para pensar, y el héroe anómino ha querido serlo más de lo que le correspondía, que ya era bastante, y es probable que haya acabado incurriendo en el delito de falso testimonio... o bien que tenga que acabar compartiendo la medalla que le dieron con otro héroe, con toda probabilidad también jubilado.Al escuchar sus contradicciones, la defensas hacían palmas con las orejas. Hay que tener mucho cuidado con los jubilados, ese pilar fundamental de la economía española que obran un milagro en cada familia para cuadrar los horarios, los ingresos, los gastos y hasta los menús. Lo sabe bien el gobierno, que ahora les ha prohibido escribir.Antes los subversivos eran los jóvenes, plumas inmaduras que no respetaban la norma establecida y que zarandeaban, a veces literaria y a veces literalmente, a los escritores veteranos y a los poderosos políticos.Pero, tal y como se están poniendo las cosas, ahora que los jóvenes están en el Congreso atusándose sus rastas, los más peligrosos parecen los jubilados, porque son los que menos controlan su incontinencia verbal, cansados como están de haberse pasado la vida callando y preocupados por lo que les parecerían a los demás sus palabras. Por eso, la ministra de Trabajo les ha dicho que o escriben o cobran la pensión, no vayan a adelantarse a la realidad con sus ficciones.

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