Tiempo atrás era don Pelayo quien, tras la ruina del reino godo –muy presente en el Romancero– resistió en Covadonga con unos insurrectos y la Santina, dicen. En Francia, la razzia árabe duró hasta la batalla de Poitiers, donde el carolingio Carlos Martel derrotó las huestes de Abderramán.
Después de Pelayo –el del arco la cárcel– se fue ganando terreno hasta los Reyes Católicos que, acabada la Reconquista, expulsaron a árabes y judíos, dejando al país sin banqueros y sin mano de obra para el campo pues, los hidalgos de«de sangre limpia» no se manchaban las manos con la tierra; ni con los cuartos, pues vivían del cuento (cf. Lazarillo).
A pesar de todo, la convivencia, dejó, entre otras cosas, el arte mudéjar, el mozárabe... y en literatura las jarchas; la primera poesía lírica en el país de la épica: «Axa, Fátima y Marién» las tres moricas.
Las guerras de religión no faltaron en Europa. Por citar un caso, la llamada cruzada de los albigenses, entre los papistas y los cátaros, especialmente cruel.
Tras caer la ciudad de Albi, los soldados preguntan a Simón de Monfort cómo distinguir a los católicos de los herejes. «Matadlos a todos –respondió- que Dios sabrá elegir a los suyos». Interpretación sui generis. Pero al cristiano corresponde poner la otra mejilla y a los islamistas, darla.
Cansada de recibir, Francia ha dicho basta y, volviendo a la antigüedad, repite con Julio César: «Si vis pacem, para bellum». Mientras el pusilánime Rajoy, se ofusca en su salvación y lo que pueda quedar de su partido.
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