El peor periodismo digital ha cambiado el sentido lógico de la información y hasta las leyes de la física. De todos los males que han amenazado históricamente esta profesión, y que ha sorteado siempre contando las penurias de los demás sin asumir las propias, quizá el más peligroso de todos sea la posibilidad de modificar una noticia ilimitadamente. Lo que podría ser una ventaja, porque permite corregir los errores que todos cometemos, se convierte en una temeraria herramienta, al entender algunos practicantes del periodismo, a los que no se puede llamar periodistas, que ya no tienen por qué buscar fuentes para contrastar una información, sino que publican lo primero que les cuentan para que luego sean las fuentes las que tengan que venir a dar explicaciones. Así se van modificando una y otra vez las noticias hasta perder definitivamente toda su credibilidad, si es que la tenían, y así terminamos acertando todos, como le suele pasar al Marca con los fichajes del Real Madrid: presume siempre de haberlos adelantado, pero no dice nada de todos los que erró.
Con esa nueva Ley de la Gravedad periodística, que viene a ser algo así como si ahora los ríos naciesen en los mares y desembocasen en las montañas, resulta verdaderamente cómodo ser periodista durante la campaña electoral. Sin moverte, la información viene a ti, tanta que sólo tienes que seleccionarla, porque los partidos, conocidos y desconocidos, emergentes y náufragos, suelen enviar tal cantidad de notas de prensa como para enterrar a toda la redacción. Se dan también mensajes anónimos que, en la jornada de reflexión, te anuncian como si fuera la exclusiva del siglo que un determinado candidato debe dinero a su comunidad de vecinos o que otro no ayudó una vez a ciego cuando estaba cruzando un paso de cebra. Y, claro, tienes que dejar todo lo que estés haciendo para ponerte a investigarlo.
Una vez pasadas las elecciones, como es el caso, ocurre exactamente lo contrario: eres tú quien tiene que ir detrás de la información, dando la vara, husmeando comentarios, haciéndote el encontradizo, porque los políticos, tras la noche electoral, se ven afectados por un súbito cuadro de mutismo selectivo detrás del que se escudan durante las semanas siguientes, tratando de pasar lo más inadvertidos que pueden y dejando por unos días que se escuche el canto de los pájaros que, por otra parte, tanto echábamos de menos entre mítines y promesas repetidas. El problema es que, como pasa con los niños, debes preocuparte más cuando no hacen ruido que cuando lloran. Esta semana se cerrarán todos los pactos para formar gobierno en medio centenar de ayuntamientos leoneses y, pese al silencio, resulta fácil imaginar las conversaciones, lo que unos piden y otros ofrecen, porque en una provincia en la que tiempo parece detenido, en el mejor de los casos, o, peor aún, que es cíclico como en ‘El día de la marmota’, a veces se pueden escuchar hasta los pensamientos. Y algunos sólo con eso, la verdad, ya ofenden.
El adelanto electoral anunciado por Pedro Sánchez cuando parecía que volvía la paz ha servido como inmejorable cortina de humo para poder cerrar pactos lejos de todas las miradas. Cierto que ha generado un caos del que sin duda salen beneficiados aquellos a los que se iban a exigir responsabilidades por sus malos resultados, pero la verdad es que en esta comunidad autónoma, desde que Vox accedió al poder, no necesitamos cortinas de humo porque el ruido está garantizado y siempre viene del mismo lugar. Desde entonces, cada vez que Castilla y León ha aparecido en los medios nacionales o internacionales ha sido, prácticamente sin excepción, para hacer el ridículo. Somos el banco de pruebas de la infamia. De negar la violencia machista pasamos a intentar prohibir el aborto, capar la posibilidad de que empresarios y sindicatos puedan evitar despidos, organizar conciertos para regenerar los bosques arrasados por los incendios porque el cambio climático es un invento de los que padecen «ecoansiedad» y, ahora, a acusar a los veterinarios y a la mismísima Unión Europea de ser todos unos histéricos, porque la tuberculosis bovina, como el brandy Soberano, es cosa de hombres.
Todas estas perlas han tenido el mismo origen, ese tipo al que su jefe le decía en la noche electoral que se le estaba «poniendo cara de vicepresidente», aunque la verdad es que el tiempo está demostrando que lo verdaderamente preocupante no es su cara, que bien podría, sino su carácter de primate. Lo más grave, la enésima demostración de lo que aquí lleva pasando 40 años, es que todo lo que se le ocurre al líder de la oposición para criticar al presidente de la Junta por este nuevo bochorno es que «no ha puesto ni un tuit, a los que es tan aficionado», algo que sin duda hubiese tranquilizado mucho tanto a los ganaderos de Salamanca como a la opinión pública internacional. De modo que a los males endémicos del gobierno y la oposición de esta comunidad autónoma hay que añadir ahora que a toda una generación de políticos, de todos los partidos, parece que les importa más ganar el debate de las redes sociales que el de los parlamentos. Otra nueva Ley de la Gravedad, en este caso política, que incita a muchos votantes a ponerse de nuevo la mascarilla para acercarse a las urnas, pese a que haya terminado la pandemia. Lo anticipaba ya en los ochenta un estribillo de Siniestro Total : «Juntos de la mano... hacia la extinción».
La nueva Ley de la Gravedad
11/06/2023
Actualizado a
11/06/2023
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