El mejor comentario de esta semana lo escuché el otro día durante una cata de vinos. Entre los matices retronasales, las lágrimas de glicerina y el poder de la eno-homeopatía, a alguien le entró la inspiración y me soltó: “La verdad es que Messi hablándole de su Papá al juez me recordó mucho a Triana”. A esa hora, los periodistas ya habían agotado todas sus presuntas gracias con titulares como “Messi se sienta en el banquillo por primera vez” o “Messi echa balones fuera”, de modo que el comentario me resultó mucho más interesante que nada de lo que había leído hasta entonces. Más allá de su carácter local, a no ser que consideremos que el crimen de Isabel Carrasco se ha convertido en un fenómeno universal, la comparación entre una de las condenadas por el asesinato y el futbolista argentino poniendo cara de bueno y diciendo que él no se enteraba de nada de lo que pasaba a su alrededor abría la posibilidad a muchas metáforas, primero con timidez y luego ya de forma mucho más fluida conforme se fueron sucediendo los vinos: la ruidosa corrupción de los delanteros y la silenciosa corrupción de los defensas (nada que ver con que el Barça tenga imputada a prácticamente toda su zaga), los que se creen por encima del bien y del mal, los que se consideran víctimas de una persecución en cuanto alguien se atreve a decirles que han hecho algo mal y si resultaba más creíble Triana haciéndose la tonta o Messi bordando el papel de retrasado centraron la conversación. Con tanto símil, y como era de esperar, no aprendí demasiado de vinos, ni siquiera sabría decir con cuál me quedaría de los cuatro que probé, pero la enóloga nos dio una lección magistral de la que nunca me olvidaré: se puede escupir no sólo con dignidad, sino incluso con elegancia. Hasta ese momento sólo se lo había visto hacer en público a Clint Eastwood en las películas de Oeste, antes de descerrajar cuatro tiros a forajidos a los que ya antes les habían tomado medidas para ir haciéndoles el ataúd, pero la enóloga lo hizo con una naturalidad que para mí resultó tan fuera de lo común como las palabras que empleaba. Fue entonces cuando decidimos llevar el debate a la política y, como a esas alturas que ya teníamos confianza y calor para escupir entre una frase y otra, las metáforas fluyeron entre la fermentación del 26-J y hollejo del 20-D. El primer vino era blanco, fresquito, joven, con mucho ímpetu.Si pudiera hablar (que igual hasta lo hacía con el experto que practicaba la eno-homeopatía), hubiera dicho que tenía ganas de cambiar las cosas.El segundo vino era también joven, correcto y formal, con sabor a lo mismo de siempre pero más aromatizado. El tercero y el cuarto resultaba conocidos, reservas muy parecidos entre los que sólo los más entendidos eran capaces de diferenciar si tenían rastro de barrica de roble francés o de roble americano. No supe con cuál de ellos quedarme y tampoco puse demasiado interés en decidirme porque sabía que luego se iban a mezclar en el estómago... y que iban a mezclar mal, pero me quedé con la lección de la escupidera para cuando me enfrente a la urna.
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