Calamitoso también, el derrumbe de un edificio en Madrid, con el resultado de doce familias en la calle. Resultado: piso de alquiler para quien pueda pagarlo o a casa de los parientes.
Una aglomeracióninsoportable tanto para los que están, como para los agregados. Aparte de perder sus enseres y recuerdos entre los escombros, se enfrentan ahora a los gastos de demolición del edificio, desescombro y labores de los bomberos. Una cifra inasumible para cualquier ciudadano normal. No es que la desgracia haya entrado en casa, les ha pillado fuera.
En el punto rayano que lleva a la exclusión, al sentimiento de rechazo y frustración para con esta sociedad injusta e inhumana. Paralelamente, dejan de interesar al poder político, y son una mera estadística de apestados que hurgan en la basura, sin rostro, ni presencia. Tan solo, una parte más de la cifra astronómica de «los sin techo». Para hacernos una idea, cerca de 40.000 personas. Una muchedumbre comparable a la población de Logroño, Badajoz o Lérida. ¡Se dice bien!
Ni la ley lo impide, ni el paripé pactado en su día por Rubalcaba el inepto y Rajoy el incompetente, que dejaron las cosas tal cual.
Quizá por la enorme dificultad, la concejala de bienestar social de San Andrés asumió el reto de esta historia con final feliz. No obstante, al margen de su alarde, debería tener presente que sus vecinos le han votado para abordar las dificultades de su comunidad.
Para otras labores, igualmente encomiables, están las Oenegés, que despliegan gran actividad y son financiadas a través del IRPF. ¿Acaso el Rabanedo es una Arcadia Feliz?
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